Todo un largo fin de semana postrado en la cama víctima de un trancazo más que considerable me han permitido recuperar una de mis aficiones más queridas y que hacía tiempo que ya creía olvidada; vamos, un olvido similar al que padece mi querido Boccanegra.
Y es que el rebuscar por la red reproducciones de las grandes obras de la historia de la pintura -del retrato, en este caso, para ser más exactos- puede llegar a convertirse en toda una adicción; más aún si tenemos en cuenta el gran esfuerzo que han acometido muchos de los más famosos museos del mundo por poner todos sus fondos a nuestra disposición mediante reproducciones de gran calidad y definición. Merece la pena comprobarlo entrando en la magníficas páginas del Prado madrileño o del Metropolitan de Nueva York, por poner un ejemplo.
Hace unos años ya realicé un vídeo de similares características pero en esta ocasión creo que, con la incorporación de algunos nuevos retratos y con la sustitución de algunas reproducciones por otras de mejor calidad, el resultado final resulta bastante más atractivo. Además la inclusión de un último tramo con diversas creaciones pertenecientes al siglo XX y a las más rompedoras vanguardias con las que dicho siglo dio comienzo cubre el injusto olvido en el que el primer vídeo incurría.
Y, como no podía ser de otra forma, para ilustrar cada uno de los diferentes periodos he escogido algunos fragmentos de mis músicas preferidas y que, a mi modesto entender, potencian la belleza de muchas de estas obras maestras.
Espero que os guste y que lo disfrutéis tanto como Boccanegra ha disfrutado realizándolo.
Ah, y en breve -eso espero- la nueva versión femenina.
Podemos suponer que cuando Isabel de Farnesio vio partir hacia la corte francesa a su pequeña hija Mariana Victoria la tristeza por la separación -la infanta contaba con apenas tres años de edad- se vería grandemente compensada por la ilusión de ver a su hija coronada en pocos años como reina de Francia. Y es que cuesta trabajo entender, a los ojos de la sociedad de nuestros días, la facilidad con la que las familias reales europeas intercambiaban de esta forma tan cruel a sus diferentes vástagos; y a unas edades tan tempranas.
Mariana Victoria en 1721, por Alexis Simon Belle
El 2 de marzo de 1721 la infanta era recibida con grandes festejos por todos los parisinos. No así por su prometido, el futuro Luis XV, que si tenemos en cuenta que por entonces era un tímido niño de tan solo once años de edad, fácilmente podremos intuir lo tremendamente fastidioso que le resultaría todo este asunto.
Luis XV de niño, por Pierre Gobert
El encanto de la pequeña Mariana pronto conquistó a toda la corte hasta que la mayoría de edad del pequeño Luis -en 1726 cumpliría catorce años- sacó a la luz el asunto que obsesionaba desde hacía varios años al gobierno de la nación: la sucesión de la corona. Aunque ahora pueda parecernos algo precipitado, con catorce años se consideraba edad suficiente para que un príncipe pudiera desposarse y garantizar, con la correspondiente descendencia, la permanencia de la dinastía. La obsesión de los franceses por este asunto resulta más que comprensible si reparamos en el hecho de que el trono de Luis XIV, el famoso rey Sol, solo encontrará heredero estable en la figura de su bisnieto, al haber perecido de forma prematura todos herederos legítimos de las anteriores generaciones.
De inmediato todos las miradas -y en especial la del nuevo Primer Ministro, Luis Enrique de Borbón- se volvieron hacia la pobre Mariana que, aunque ya llevaba un lustro en Francia, sus escasos siete años la hacían poco propicia para el matrimonio y, lo que aún resultaba más grave, para la procreación. Poco les costó convencer a la ingenua infanta-reina, como era conocida por todos, de la necesidad de partir urgentemente hacia España y así poder abrazar a su añorada madre que ardía en deseos de volver a ver a su hija. De esta forma tan diplomática la pequeña Mariana era despachada de Francia el primero de marzo de 1725, a los cuatro años exactamente de su llegada. La cara de la reina Isabel cuando supo que su querida hija, aquella que cinco años atrás había sido enviada a un país extranjero sin ningún tipo de remordimiento, le era devuelta a casa con semejante excusa, compuesta y sin novio, es algo que la Historia nunca nos podrá desvelar.
NICOLÁS DE LARGILLIÈRE (1656-1746)
Autorretrato (1707)
De la estancia de la infanta Mariana Victoria en la corte francesa ha llegado hasta nosotros el retrato que en 1724 pintara uno de los artistas más grandes de todo el barroco francés: Nicolás de Largillière. Pintor de fama no tan reconocida como la de sus contemporáneos Rigaud, Nattier, Boucher o Watteau, en el campo del retrato las obras del pintor parisino destacan por su vitalidad y sensibilidad encontrándose algunas de sus obras entre lo más logrado del género. Alejado de los círculos de la casa real el retrato de la infanta es uno de los pocos ejemplos que sobre retratos reales se conservan del autor. Y es que, en realidad, la obra fue un encargo del Consejo Municipal de París, para el que habitualmente trabajaba el pintor, que deseaba hacerse con un retrato de la que debía haber sido futura reina de Francia.
Mariana Victoria de Borbón (1724)
De esta forma podríamos aventurar, sin miedo a equivocarnos, que el virtuosismo desplegado en este majestuoso lienzo (184 x 125 cm), bien podría considerarse como un intento del pintor por hacerse un hueco dentro de los numerosos encargos reales. Desde el brillo de la seda plateada del vestido hasta el elaborado detalle en mangas y pedrería todo colabora al espectacular resultado obtenido por el artista.
Sin embargo, todo este primoroso trabajo, común a muchas obras de la época, no debería desviarnos de las auténticas virtudes de la pintura. Para ello sería necesario recordar los primeros años de trabajo de nuestro artista en la capital inglesa. En Londres Langillière tuvo oportunidad de familiarizarse con la obra de uno de los artistas que más huella dejaría en su obra: Anton van Dyck. La elegancia en la composición y el exquisito gusto en el empleo del color son características propias del estilo del pintor flamenco que también podemos admirar, y de qué forma, en el retrato de la pequeña infanta.
Otro de los méritos de la obra reside en el acertado contraste conseguido entre la lujosa y colorida vestimenta de la infanta y el imponente y sobrio entorno sobre el que posa la modelo. Y es que si volvemos a contemplar el cuadro podremos comprobar como más de un tercio del lienzo lo ocupa el frío y desnudo mármol de la habitación.
Igualmente magistrales resultan el tratamiento de la luz que baña toda la escena sobre la que destaca la delicada piel de la pequeña infanta; figura de infinito encanto, a pesar de lo solemne del momento, tierna y majestuosa a un mismo tiempo y de una mirada limpia y radiante. La mirada inocente de quien, a buen seguro, poco comprende de su presente y nada sospecha del futuro que le aguarda.
La voluntad divina más allá va de la humana ciencia.
Tiziano (1548): Carlos V a Caballo en Mühlberg (detalle)
Cuando el primero de mayo de 1539 Isabel de Avis y Trastámara, más conocida como Isabel de Portugal, fallece en Toledo tras dar a luz a su sexto hijo deja a su primo y esposo, el emperador Carlos V, en el más absoluto desconsuelo.
Christoph Amberger (1532): Carlos V
Tras trece años de matrimonio el enlace concertado entre las dos familias, los Habsburgo y los Avis, había resultado todo un éxito tanto en lo político como en lo personal. Ahora la pena del emperador sólo podrá encontrar consuelo entre los muros del monasterio de Santa María de la Sisla donde permanecerá encerrado durante dos meses.
De regreso a sus obligaciones al frente del gobierno del estado pocas mujeres ocuparan la atención del emperador, quizá el caso más conocido sea el de Bárbara Bamberg, madre del futuro Don Juan de Austría, permaneciendo siempre presente en su memoria una profunda añoranza por su malograda esposa.
La emperatriz Isabel. Pompeo Leoni (1555)
Para mantener vivo este recuerdo Carlos V encarga a diversos artistas la realización de varios retratos bien en forma de lienzo, de escultura de bronce o de relieves en mármol siempre con la imagen de Isabel como protagonista.
De entre todas estas creaciones es, sin duda, el retrato que realizara Tiziano en 1548 la obra más conocida de todas, por la que el emperador siempre sintió un especial aprecio y que acompañó a éste en sus últimos días en su retiro de Yuste.
Tiziano (1548): Isabel de Portugal
Para la realización de la obra Tiziano se valió de un retrato previo de la emperatriz que, como recordaremos, hacía casi diez años que había desaparecido.
Podemos imaginar la dificultad que, para un retratista de la talla de Tiziano, suponía la realización de un encargo de estas características. No nos resulta, por tanto, nada extraño encontrar el idealizado rostro de la emperatriz un tanto ausente y frío en contraste con el preciosismo del lujoso vestido, de la cortina y del paisaje.
Estatuas orantes de Carlos V e Isabel (en primer plano) en el monasterio de El Escorial. Pompeo Leoni (1585)
Pero, no sólo en el terreno de las artes plásticas encontró el monarca la forma de homenajear a su recordada esposa. Carlos V, tan amante y protector de las artes como la gran mayoría de los miembros de la casa de Austria, supo rodearse, allí donde quisiera que las necesidades del imperio le reclamaran, de todo tipo de músicos, tanto españoles y portugueses como flamencos. .
Mil pesares por abandonaros Et d'elonger votre face amoureuse. Y por alejarme de vuestro rostro amoroso J'ai si grand dueil et peine douloureuse Siento tanto duelo y pena dolorosa Qu'on me verra brief mes jours deffiner, Que, en breve, se verá el fin de mis días, Brief mes jours deffiner.
Juan Pantoja de la cruz (1599). Óleo sobre el cenotafio de Pompeo Leoni
Como ejemplo más conocido de este gusto de Carlos V por la música cabe destacar que la transcripción para vihuela de la canción "Mille regretz" de Desprez, que Luis de Narváez publicaría en 1538, y por la que el monarca sentía una especial predilección, pasaría a ser conocida desde entonces como "La canción del Emperador". Aunque Isabel no fallecería hasta un año más tarde esta canción se nos presenta como un terrible presentimiento de la triste suerte que en poco tiempo correría la emperatriz.
Además de la música de Josquin Desprez el emperador admiraba singularmente la obra de Thomas de Crecquillon al que en varias ocasiones elogió como "auténtico Orfeo de nuestro tiempo". Poco conocido en nuestros días pero, como hemos visto, enormemente apreciado por sus contemporaneos Crecquillon formaba parte de la capilla musical que acompañaba al emperador durante sus más que prolongadas estancias por tierras alemanas y flamencas. Queriendo compartir la añoranza de Carlos por Isabel el músico compone esta original canción, "Mort m'a privé", un tanto alejada de los convencionalismos de la época y en donde Crecquillon nos habla del dolor por la pérdida del ser amado, de lo inútil del poder y del rango ante la todopoderosa Muerte, y de la paciencia y de la resignación como únicos remedios ante la indiscutible voluntad divina.
El sello Hyperion publicó hace poco un CD con alguna de las canciones más conocidas de este compositor incluída las dos versiones, la otra es para cinco voces, de "Mort m'a privé" interpretadas por The Brabant Ensamble. Tanto el CD como las interesantes notas del cuadernillo del disco los podéis descargar en el blog "Musicalische Opfer":
------------ Mientras dure esta maravillosa aventura del "Tristán", la última representación tendrá lugar el próximo 31 de mayo, me temo que el pobre Boccanegra no va a tener mucho tiempo para renovar sus contenidos. Habrá que reciclar.
Hace casi dos años, cuando aún no tenía ni idea de lo que era un blog, y con mi flamante "Mac" recién comprado, me aventuré a probar dos de los programas incluidos, el iPhoto y el GarageBand, realizando este par de vídeos sobre la evolución del retrato en la Historia del Arte. Pasados los meses los he vuelto a revisar y, modestia aparte, comprobando con cierta vanidad que no estaban tan mal, creo que ha llegado el momento de incluirlos en el blog. La idea inicial era la de hacer un repaso por la historia del vestido desde el renacimiento hasta la actualidad. Es por tanto éste, y no otro, el motivo por el cual alguno pueda echar en falta algún retrato que otro de mayor importancia y significado en la historia del arte que muchos de los que aquí incluyo. La numerosa sucesión de retratos, y como no podía ser de otra forma, en ambos vídeos va acompañada por diversos fragmentos musicales más o menos acordes con el periodo histórico que ilustran. No se puede negar que la selección es una viva muestra de mi música preferida aunque, sobre todo en el caso del "Retrato masculino", se me haya ido un tanto la mano con mis inclinaciones más melancólicas. Era otoño, creo.
Napoleón Bonaparte en Fontainebleau (1846) Paul Delaroche (1797-1856)
Pocos personajes de la Historia han sabido construirse una leyenda con tanto empeño y habilidad como los demostrados por Napoleón Bonaparte. Pero, aún hoy en día, y casi dos siglos después, cuesta trabajo distinguir cuánto de cierto hay en esa leyenda que, tanto la Historia como él mismo, han querido transmitirnos hasta nuestros días. Lo que para unos representaba un nuevo Mesías encargado de diseminar las libertades de la Revolución por toda Europa, para otros no era más que una nueva muestra de la más feroz tiranía: el artífice del nuevo Código Civil y de reformas tan trascendentes como la educativa y la administrativa era la misma persona que no dudó en terminar con los más de sesenta periódicos que antes de su llegada al poder existían en París y con cualquier adversario político que se interpusiera en su camino. De esta misma forma el General triunfador de Marengo o Austerlitz, el astuto militar que hizo de la estrategia todo un arte, era capaz, al mismo tiempo, de abandonar a sus hombres en mitad de Egipto para correr a París y ser aclamado por su pueblo por una victoria que a duras penas podía ser calificada como tal, por no hablar del elevado número de vidas humanas, más de tres millones, que sus campañas bélicas sacrificaron.
El paso del Gran San Bernardo, ¿en mula o sobre un brioso corcel?
El famoso acontecimiento histórico, el paso de los Alpes en 1800, es idealizado por Bonaparte, a través del pincel propagandístico de DAVID, en el épico lienzo que el pintor realizara entre 1801 y 1805 (a la derecha). Años más tarde, Paul Delaroche, en 1848, lejos de las presiones del General plasmaría una versión más acorde con la realidad de los hechos (a la izquierda).
Manipulaciones de este tipo, en la mayoría de las ocasiones no tan pueriles, unidas a otras muchas contradicciones que rodean a la persona de Bonaparte son fundamentales para comprender actos tan discutidos como su proclamación como Emperador o la, para nosotros más trascendental, invasión de la península Ibérica.
En fin, si sentís la misma fascinación que yo por uno de los periodos más apasionantes de toda la historia moderna no os podéis perder este estupendo, ameno y extenso documental, más de tres horas, acerca de la vida de su principal protagonista, y que he encontrado en YouTube.
Portada del documental "Napoleón" (¡gracias, Nina!)
El documental está repartido en veintiún fragmentos, de diez minutos de duración cada uno, y que se pueden ver cómodamente, aunque alguno se resista, con una gran calidad de imagen y sonido. Al estar doblado al castellano el atractivo del mismo es doble. De la procedencia del documental no sé prácticamente nada, creo que se difundió a través del Canal de Historia, pero si alguien puede aportar alguna referencia agradecería que dejara algún comentario en esta entrada.
En el año 1721 dos matrimonios marcarían profundamente el destino de J.S. Bach en Köthen. En primer lugar el suyo propio con la joven soprano Anna Magdelena Wilcke tras la muerte de su primera esposa, María Bárbara, en 1720 y que le había dejado viudo y con siete hijos. Si este enlace trajo de nuevo la alegría a la vida del desconsolado músico el contraído por el príncipe Leopold Anhalt-Cöthen, a cuyo servicio trabajaba Bach como Kapellmeister desde 1717, tan sólo una semana más tarde con su prima, Fredericka Henriette, precipitó de forma irremediable su partida hacia Leipzig.
Vista de Leipzig a finales del siglo XVIII
Según cuenta la historia las relaciones entre señor y siervo antes de la boda eran casi idílicas. El príncipe, gran amante de la música, acostumbraba a tocar el violín en la orquesta de la corte y es posible que interpretara alguna de las numerosas composiciones que Bach creara durante estos últimos cuatro años.Sin embargo, tras la boda la tal Fredericka inició una campaña para convencer a su esposo de que abandonara unas actividades que ella creía poco apropiadas para un príncipe.
Vista de Leipzig en la actualidad.
En 1722 la situación llega a ser tan tensa que Bach comienza a barajar la posibilidad de trasladarse a otra ciudad en busca de unas mejores condiciones laborales. La ocasión perfecta llegó pocos meses más tarde con la muerte de Johann Kuhnau en junio de este mismo año, acontecimiento que dejaba la plaza de director de la Thomasschule de Leipzigvacante.
Thomaskirchof a principios del siglo XVIII Al fondo el edificio de la Thomasschule
La ciudad de Leipzig en estos años era una de las más importantes y prósperas de Alemania. Con más de 30.000 habitantes y a pesar de no contar con una corte estable la importancia de su universidad, de sus imprentas y de sus ferias comerciales unida a su estratégica situación la convertían en una de las más cosmopolitas capitales de Europa.No es por tanto de extrañar el gran atractivo que este destino representaba para nuestro músico.
Monumento a Johann Sebastian Bach junto a la Thomaskirche de Leipzig
Sin embargo, no todo eran ventajas en este nuevo empleo. El trabajo como Cantor de Santo Tomás tenía mucho más de maestro de escuela que de compositor. Precisamente el hecho de tener que enseñar a los alumnos disciplinas tan áridas para un músico como el latín había disuadido a varios candidatos anteriores a aceptar el puesto.Entre éstos los hubo tan ilustres como Telemann y solamente ante la escasez de aspirantes el Consejo de la ciudad se decidió a aceptar la oferta de Bach.
Documento de abril de 1723 por el que Bach es contratado como "Directore Chori Musici Lipsiensis"
El 22 de mayo de 1723 llegaba Bach con su familia a su nueva residencia. A pesar de las duras condiciones del contrato, más propias de un funcionario que de un artista de su categoría, y del trato distante que siempre encontraría dentro de Consejo municipal la llegada del músico fue recibida como todo un acontecimiento por la prensa local: "El pasado sábado, cuatro carromatos con las pertenencias del nuevo Kapellmeister procedente de la corte de Köthen han llegado a Leipzig a las dos de la tarde. Él y su familia han llegado en dos coches y se han trasladado, a continuación, a sus recién decoradas dependencias en el edificio de la escuela".
Una de las principales obligaciones de Bach en Leipzig era la de abastecer de música durante todas las festividades del año a las cuatro principales iglesias de la ciudad. En estos grabados de la época podemos ver las dos más importantes: a la derecha la Thomaskirche y la Nikolaikirche a la izquierda. En ambas se alternaban cada semana los mejores cantores de la Thomasschule interpretando las cantatas que para la ocasión eran compuestas por su Thomaskantor.
Thomaskirche
Nikolaikirche
A la izquierda, el edificio de la Thomasschule. En la otra imagen el edificio del "Café Zimmerman" donde tenían lugar numerosas veladas musicales
De sobra son conocidas las limitaciones, tanto de tiempo como de efectivos, con los que Bach contaba para este cometido y que tantas disputas le acarrearon con el Ayuntamiento. A ésto podemos añadir, a diferencia de la libertad con la que podía trabajar en Köthen, el férreo horario de actividades a que se debía ajustar cada jornada en su nuevo cometido: Los lunes, martes y miércoles, de nueve a doce estaban dedicados a las clases de canto. El jueves podía disponer libremente de todo el día. El viernes se impartían el resto de disciplinas, suponemos que con el dichoso latín incluido. Los sábados por la tarde tenía lugar el único ensayo (!!!) de la cantata que al día siguiente se interpretaba en el servicio matinal.
Órgano y coro de la iglesia de Santo Tomás
La escuela contaba con unos 60 jóvenes de edades comprendidas entre los once y los veinte años y procedentes de las clases más desfavorecidas de la ciudad.Según una nota del propio Bach tan sólo 17 de ellos eran bastante buenos para cantar. Con unos 20 más se podía, con mucho esfuerzo, sacar algo de música. Pero al resto los calificaba sin ambages de auténticamente incapaces.Para estos últimos quedaba el dudoso honor de atender el servicio dominical en las otras dos iglesias de la ciudad, la Neuekirche y la Petrikirche, donde, por regla general, no se interpretaba la música de Bach y sí himnos y corales de más sencilla ejecución. Para la parte orquestal se podía contar con la "Städtisches Orchester" que con sus escasos diez miembros también entraba dentro de las competencias del nuevo Thomaskantor. ¡Y en estas condiciones compuso la obra que todos conocemos! Afortunadamente la culta sociedad de Leipzig contaba con más músicos, entre ellos el famoso Gottfried Reicha, deseosos de participar en las obras del apurado compositor que en pocos meses ya era conocido como una de las personalidades más prestigiosas de la ciudad.
John Eliot Gardiner en una actuación durante el "Festival Bach" en la Thomaskirche.Mayo de 2007
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660) Autorretrato (1640), Museo de BBAA, Valencia
Las desastrosas consecuencias que los endogámicos acuerdos matrimoniales iniciados por los Reyes Católicos en el siglo XVI, véase entrada (27) UN ASUNTO DE FAMILIA, parece ser que no sirvieron de escarmiento alguno a la casa de Austria. Muy al contrario, a lo largo de todo el siglo XVII, la política matrimonial continuó con tan insana costumbre a pesar de las evidentes muestras de degeneración que, a menudo, en algunos de sus miembros se iban presentando.
Felipe IV (1655)
En 1649 el rey FelipeIV avanzaba un paso más en esta disparatada carrera contrayendo matrimonio con su sobrina, Mariana de Austria, una vez que ésta quedó libre del compromiso con su primo, el príncipe Baltasar Carlos, tras su temprana muerte en 1646.
Mariana de Austria (1652)
Por tanto, no es de extrañar que de los seis hijos habidos en el matrimonio cuatro murieran antes de cumplir los cuatro años de edad. De los otros dos, uno de los que alcanzaron la juventud, Carlos, sería conocido, ni más ni menos, con el sobrenombre de "el Hechizado", y aunque llegaría a reinar, eso sí, enfermo, falto de entendederas y estéril, llevaría desde entonces y ante la Historia el "honor" de haber acabado con la dinastía de la casa de Austria.
El príncipe Carlos (1661-1700), futuro Carlos II, a la edad de diez años. Juan Carreño de Miranda (1671)
Sin embargo, la primogénita, una preciosa niña de ojos azules y cabello dorado, aparentemente, parecía que quedaría libre de la maldición que se cernía sobre el resto de sus hermanos.
Infanta Margarita (1654). Kunsthistoriches Museum, Viena
Nada más nacer y tentando de nuevo a la suerte, la pequeña infanta fue prometida en matrimonio a su tío, el futuro emperador de Austria, Leopoldo I. A falta de facebook la única forma de informar a la corte austriaca del aspecto físico de Margarita y de sus cambios con el paso de los años era mediante el retrato. Sólo la corte española podía permitirse el lujo de contar para tal cometido con un artista de la categoría de Velázquez que recién llegado de su segundo viaje por Italia, y tras dos años de ausencia, pondría en este cuadro mucho de lo visto y aprendido en tierrastransalpinas. El primer retrato enviado a Viena nos muestra a la infanta con tan sólo tres años de edad. Lo que en manos de cualquier otro artista hubiera sido el inicio de una rutinaria serie de encargos en las manos del artista sevillano se convierte en una colección de magníficos retratos que, sin duda alguna, se encuentran entre lo mejor de su producción.
Velázquez, que por entonces contaba 55 años de edad, enfila la última etapa de su carrera. Este encantador retrato, quizá el mejor de todos los dedicados a la infanta, nos da una idea de la prodigiosa técnica alcanzada por el pintor en los últimos años de su vida y que nos hace recordar las palabras de Moratín referidas a ese otro gran pintor español en sus últimos años: "Goya, pinta que se las pela, sin querer corregir nada de lo que pinta".Basta para corroborar esta afirmación con contemplar ese milagro de pintura que se encierra en el sencillo jarrón de cristal situado sobre la mesa y que nos recuerda de forma inevitable a los maestros impresionistas que aún tardarían en llegar doscientos cincuenta años.
Infanta Margarita (1654). Museo del Louvre, París
En esta ocasión la destinataria del retrato es la reina de Francia, esposa de Luis XIII y hermana de Felipe IV, Ana de Austria. De diminutas dimensiones la autoría del cuadro es hoy en día discutida por algunos expertos que ven más presencia del taller del pintor, en especial de su yerno Martínez del Mazo, que del pincel del propio Velázquez (Más sobre esta cuestión AQUÍ). Polémicas aparte lo cierto es que el cuadro es una de las joyas más apreciadas del museo y cuenta con una curiosa leyenda según la cual Degas y Manet se habrían conocido en el Louvre mientras admiraban extasiados el cuadro del pintor sevillano.En la parte superior se puede apreciar los restos del nombre de la infanta añadido un día en letras de oro y retirado tras la reciente restauración.
Las Meninas (1656). Museo del Prado
Dos años más tarde la infanta protagonizaría el cuadro más famoso de su autor y una de las obras más geniales de toda la cultura occidental. Hablar de las virtudes de este gigantesco lienzo no viene ahora al caso, quizá en una próxima entrada. Tan sólo me gustaría llamar la atención acerca del cariño que el pintor debía sentir por esta niña para hacerla protagonista una vez más, y esta vez sin encargo de por medio alguno, de su obra más ambiciosa.
La Infanta Margarita (1656) Kunsthistorische Museum, Viena
Por la misma época en que Velázquez pintaba "Las Meninas" debió trabajar en este lienzo que, de nuevo, tenía como destino la corte vienesa. En este retrato la infanta, que por entonces contaba con cinco años, viste ya el guardainfante tan de moda en la corte española de entonces y en unos tonos similares al que aparece en "Las Meninas".
La Infanta Margarita en azul (1659) Kunsthistorische Museum, Viena
Un año antes de su muerte Velázquez plasmará una vez más, y ya veremos si es la última, a la infanta española a la edad de ocho años. Para esta ocasión Margarita viste un traje azul oscuro y plateado que permite al artista todo un despliegue de su virtuosismo técnico con unas pocas pinceladas. Si la plasmación de las distintas texturas en rostro, traje, mangas y manguito es soberbia no lo es menos la portentosa capacidad de Velázquez para conseguir los distintos volúmenes gracias a su peculiar tratamiento de las luces y dotar a toda la obra de la profundidad espacial tan característica del pintor.
La infanta Margarita (1660). Museo del Prado Considerada, hasta hace pocos años, como la obra maestra de la técnica pictórica de Velázquez y su canto del cisne, sin embargo hoy en día, y siempre según los expertos, nada hace suponer que el pintor sevillano tuviera algo que ver en su realización. Obra, en un principio, iniciada por Velázquez se pensó durante años que fue terminada por su yerno y discípulo Juan Bautista Martínez del Mazo (1605-1667) a quién se debería la autoría tan sólo del rostro y del cortinaje carmesí del fondo. Sin embargo, difícilmente podría el taller finalizar una obra con el rostro del retratado cuando ésta era la parte del cuadro por donde siempre comenzaba, al igual que la mayoría de los pintores, el artista andaluz.Según otras versiones lo que en realidad hizo del Mazo fue retocar el rostro de la infanta que tras la muerte de Velázquez y al haber quedado la obra tanto tiempo detenida había cambiado sensiblemente de fisonomía. En realidad, y fuera quien fuese su autor, el retrato nunca fue enviado a Viena mandándose una copia, obra de Martínez del Mazo, de dimensiones más modestas cuatro años más tarde.El retrato, motivo de admiración por razones evidentes por todos los impresionistas, es de un impacto visual realmente fascinante y demuestra, si es cierto lo infundado de la autoría velazqueña, hasta que punto las maneras del maestro habían calado en su discípulo.
Juan Bautista Martínez del Mazo (1605-1667) La infanta Margarita de luto (1666), Museo del Prado
Un año antes de partir para Austria y convertirse, por fin, en esposa de Leopoldo I, el rey Felipe IV fallece. Esta será la última ocasión en que la infanta sea retratada como tal y en suelo español. Viendo la sobriedad y factura del cuadro de Martínez del Mazo, y comparándolo con el despliegue cromático y técnico del retrato de 1660, parece difícil creer que hayan sido realizados por la misma mano, pero si los entendidos lo dicen... La infanta Margarita (1662-1664). Autor desconocido. Kunsthistorische Museum, Viena
La infanta Margarita (1665). Gerard du Chateau(?). Kunsthistorische Museum, Viena
Tras la muerte de Velázquez la infanta continuó siendo retratada por otros artistas. Nada como estas obras, de relativa calidad, para apreciar en su justa medida el valor de los retratos de Velázquez.
Leopoldo I (1640-1705). Benjamin von Block (1672). Kunsthistorische Museum, Viena
El emperador Leopoldo I con vestimenta de teatro (1667). Jan Thomas Kunsthistorische Museum, Viena
La emperatriz Margarita con vestimenta de teatro (1667). Jan Thomas Kunsthistorische Museum, Viena
Huérfana de padre y de retratista la infanta llega en 1666, con tan sólo quince años, a la corte de los Habsburgo para convertirse en emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico. Es difícil imaginar los sentimientos de una joven adolescente que abandona su casa para casarse con su tío, once años mayor que ella y no muy agraciado físicamente, en un país extraño y a cientos de kilómetros de su hogar. Sin embargo, nada de melodramático hay en esta historia. Por lo visto el emperador Leopoldo I debió ser un tipo de lo más divertido. Para comprobarlo no hay más que ver los retratos que, al poco tiempo de la boda, se hicieron ambos monarcas con los trajes que habitualmente se empleaban en el teatro y en la incipiente ópera, espectáculos a los que ambos eran muy aficionados, para comprender el ambiente que reinaba en la corte vienesa tan diferente del más austero de la corte de los austrías españoles. Sin embargo, poco duraría la felicidad de la imperial pareja. En 1673, y tras las complicaciones surgidas en su cuarto alumbramiento, fallecía Margarita a la temprana edad de veintidós años. Todos sus hijos morirían al poco de nacer. Tan sólo la segunda, Maria Antonia de Austria, llegaría a la "madurez" para morir, también de sobreparto, con la misma edad que su madre.