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viernes, 15 de junio de 2012

(135) SEVILLA, LA UNESCO Y LA TORRE PELLI


¿Dónde estaba la UNESCO cuando en la década de los sesenta Sevilla veía impotente como gran parte de su patrimonio urbano era destrozado bajo la piqueta de la más salvaje especulación?
¿De qué nos ha servido que varias décadas después declarara a los monumentos más emblemáticos de nuestra ciudad "patrimonio de la humanidad"?
¿De verdad necesitaban edificios como el Alcazar o el Archivo de Indias, que fueron capaces ellos solitos de sobrevivir a esta destrucción, que décadas después viniera la  Superprotectora Organización a reconocer su valía?


Con el escándalo aún reciente tras la finalización de las obras en una de las zonas más devastadas durante aquellos "felices sesenta", la plaza de la Encarnación y sus famosas setas, la construcción de una nueva obra "moderna" vuelve a hacer tambalear los tradicionales cimientos de nuestra querida "Ollita Pía".
Y todo por culpa de una torre de cuarenta plantas.
Confieso que la idea de un rascacielos en nuestra ciudad nunca llamó en exceso mi atención pero cuando en estas últimas semanas, mientras la torre sigue creciendo con lento pero seguro ritmo, observo el revuelo tan tendencioso y rancio que está generando no puedo evitar el desear que La Pelli llegue a su planta 40 lo antes posible y con todo éxito.
Como muestra de todo esto os traigo la imagen publicada en uno de los diarios más importantes de nuestra ciudad que bajo el apocalíptico titular "Sevilla se juega su imagen en San Petersburgo por la Torre Pelli" nos muestra la polémica torre prácticamente plantada en todo el cogollo del centro "histérico" de la ciudad y, en una más que falsa perspectiva, a escasos metros de la Giralda.
Por cierto, y ya que hablamos de la Giralda ¿qué hubiera dicho la UNESCO del siglo XVI ante la extravagante idea de rematar un alminar almohade con un campanario renacentista? ¿Y con la más radical solución de destruir toda una mezquita para edificar la protegida catedral de hoy en día?
Yo les aconsejaría a los señores de la UNESCO que dejaran que la Sevilla del siglo XXI siguiera su camino y que, si no les supone mucho esfuerzo, se dieran una vuelta por la calle Sierpes y entraran en lo que un día fue el cine Llorens, ahora convertido en siniestra sala de juegos; o en el antiguo Palacio Central ahora sede de una famosa tienda de ropa; o por el antiguo teatro Imperial que, al menos, ahora de cobijo a una librería; o por...
En fin, que eso sí es para llorar.

domingo, 12 de diciembre de 2010

(125) SEVILLA, TEATRO MAESTRANZA: LA BOHÈME (2º reparto).

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Confieso que, nada más salir a la venta las entradas para La Bohème, mi primera intención fue la de pasar. Así, a primera vista, la cosa no resultaba demasiado interesante: la Arteta, un montaje del año del catapúm.
Sin embargo, al instante recordé que, si bien no era imprescindible que yo asistiera, sí había alguien a quién no podía olvidar y que, por mi propio bien, más valdría que, en esta ocasión, no se quedara sin entrada; alguien a quién se me olvidó conseguir entradas para la Traviata, tremenda negligencia por la cual aún sigo pagando las consecuencias, y que ante la posibilidad de asistir al ensayo general como compensación ante tan imperdonable error simplemente me espetó:
- "los ensayos generales pal gato".
En fin, que ya habréis podido adivinar que a mi madre tenía que llevarla a La Bohème, sí o sí.

De esta forma, sin mucho entusiasmo por mi parte, la verdad, comencé a escuchar los primeros compases de la ópera. "Parám-pam-paaam", atacó con brío el tutti orquestal, y al instante, como por arte de magia, recordé por qué este título de Puccini no solamente es la ópera popular por excelencia sino, además, por qué es considerada una de las creaciones más geniales jamás compuestas.
Conviven en la maravillosa partitura pucciniana dos mundos bien diferenciados entre sí, opuestos y complementarios al mismo tiempo, a modo de las dos caras de una misma moneda. El primero, heredero de la rica tradición bufa italiana -y, más concretamente, del Falstaff verdiano y que tendrá su último y más genial desarrollo en el magistral Gianni Schichi-, ocupa la primera mitad del primer acto, casi todo el segundo y el inicio del acto cuarto. La otra cara viene formada por los aspectos más dramáticos, y tradicionalmente considerados más auténticamente puccinianos, como son aquellos que guardan relación con su marcado gusto por lo sentimental o su peculiar sentido de la melodía, siempre concebidos con enorme intensidad y lirismo pero, al mismo tiempo, desde la más asombrosa sencillez y facilidad.
Y lo cierto es que, tanto desde el punto de vista musical como puramente teatral, ayer, la moneda de La Bohème brilló más por su lado cómico y coral que por el lado más puramente lírico.

Como ejemplo de todo esto bastaría con centrarse en el primer acto donde toda la primera mitad funcionó a la perfección con una dirección musical realmente precisa, llena de nervio y brío, con una sinfónica sonando especialmente bien y donde el estupendo conjunto de bohemios -magníficos Marco Vinco (Colline), Manel esteve (Schaunard) y Claudio Soura (Marcello)- supo desenvolverse con gran soltura sobre el escenario estupendamente dirigidos por el pizpireto Richard Gerald Jones. Especialmente divertida resultó toda la escena entre los artistas y el casero Benoit, sin duda alguna uno de los momentos más logrados de toda la representación, y donde se demuestra, una vez más, por qué la calidad de Puccini como compositor es algo que va mucho más allá de su faceta como simple creador de hermosas melodías.

Sin embargo, tras la primera parte coral, el final del acto, así como casi todo el tercero, es de dominio exclusivo de la pareja de amantes protagonista: Mimí y Rodolfo. Y aquí es donde el asunto ya no funcionó tan bien. Aunque Carmela Remigio defendió su parte como Mimí más que satisfactoriamente, con momentos de gran musicalidad y belleza, no se puede decir lo mismo del peculiar estilo de canto de su compañero Rodolfo, el tenor Fernando Portari, que demostró un empeño más que irritante por cantar casi siempre fuera del tempo que marcaba la orquesta que, por cierto, tuvo una de sus mejores noches y donde pudimos comprobar toda la riqueza de matices de la sabia orquestación de Puccini. Para algunos sonó, a veces, demasiado fuerte. A mí, sin embargo, me hizo disfrutar enormemente de principio a fin.

De la escenografía dicen que tiene casi cuarenta años y que ha envejecido bastante mal. Bueno, sobre este asunto podríamos estar hablando días enteros aunque a mí, como primera conclusión, se me ocurre pensar que si ha conseguido aguantar el tipo durante tanto tiempo por algo será. Cuántas escenografías conocemos, cargadas de nuevas y profundas intenciones, y que, antes de que finalice la última representación, ya se muestran completamente demodé. En fin, está claro que todos hubiéramos preferido algo más novedoso y fresco pero, ay, me temo que esto es lo que tiene la crisis.
En resumen, un montaje para tiempos difíciles con un reparto que brilló más por lo equilibrado del conjunto que en sus intervenciones solistas; una representación en la que, sobre todos los aspectos, destacó la genial partitura del músico de Lucca y donde, una vez más, sucumbimos a las emociones que creíamos más escondidas y que las inmortales melodías puccinianas -¡condenado italiano!- saben cómo despertar en nuestro endurecido corazón.

Y es que como sentenció mi acompañante una vez bajado el telón y tan acertada, como siempre, en sus comentarios:
-"Puccini es Puccini".

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Nota: las fotografías aparecen por "cortesía" de Julio Rodríguez y su blog A TRAVÉS DEL CRISTAL

jueves, 3 de junio de 2010

(114) "La Traviata". Teatro Maestranza, Sevilla: UNAS IMPRESIONES SOBRE VERDI.

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E vo gridando: pace!
E vo gridando: amor!

No sé si será por deformación profesional o, simplemente, por la gran inclinación que siempre he sentido por la música lo cierto es que mi relación con los distintos compositores siempre ha sido mucho más íntima y cercana que con cualquier otro tipo de artista, ya pertenecieran éstos al mundo de las letras o de la plástica.
Guiado por esta afinidad mis sentimientos hacia los más importantes músicos y, en especial, por aquellos que más de cerca me tocan les han ido colocando a lo largo de estos últimos años en un lugar muy próximo pero, al mismo tiempo, bajo un signo bien diferente; todos han sido compañeros de viaje en estos años pero ahora cada uno ocupa su propio lugar.
Es por esta razón que, después de tantos años, puedo ver en Mozart a aquel amigo de la infancia que me descubrió las primeras emociones de mi vida musical, amigo al que nunca, aunque se pierda el contacto durante muchos años, se puede llegar a olvidar. O, por motivos bien distintos, sentir a Beethoven como a aquel severo profesor respetado por todos pero al que sólo el paso del tiempo y nuestra propia madurez nos ha permitido admirar en toda su magnitud.
Más tarde llegarían las grandes pasiones de juventud; aquellos amores nacidos de los grandes ideales y de nuestra sed de encontrar referentes sólidos y rotundos. Y no es que mi admiración por Wagner se haya visto menguada con el paso del tiempo pero lo que sí que es cierto es que yo ya no soy el jovencito ávido de sensualidad y cromatismo que acostumbraba a devorar las partituras del músico de Bayreuth entre arrebatos y suspiros.
Amigos de parranda conservo más de uno, amigotes francachones como Rossini u Offenbach que tan buenos momentos me han hecho pasar. Y como siempre, costumbre que espero no perder nunca, dando la bienvenida a todos aquellos que llegan por primera vez, ya sean tan exóticos como el indio A. R. Rahman o tan antiguos, pero tan modernos al mismo tiempo, como Machaut.
Pero, de entre todos ellos, y con el paso de los años, una figura ha ido creciendo, poco a poco, hasta llegar a alcanzar la figura imponente y, a un mismo tiempo, paternal tal y cómo hoy la puedo llegar a sentir: Giuseppe Verdi.


En Verdi podemos sentir en sus dos facetas, como persona y como músico, una admiración poco común entre los artistas de cualquier época. Muchos me reprocharán, y no lo discuto, que al confundir la obra de un artista con los vicios o virtudes que haya podido tener en vida se pueda desdibujar su auténtica entidad como creador. Pero, sin duda alguna, en el caso del autor de El Trovador esta dualidad se muestra del todo fundamental para comprender su obra. Músico de humilde origen, tanto en lo social como en lo intelectual, su continua progresión estilística nunca abandonó el contacto con la realidad política de su pueblo así como el contacto con las raíces más populares de la música italiana.


Y es sin duda alguna esta facilidad del músico de Busetto para llegar al corazón del público la que ha levantado, y sigue levantando, las más encendidas polémicas entre aficionados, profesionales e intelectuales de todo tipo sobre la auténtica valía de su obra. No es extraño, por lo tanto, encontrar frente a los incondicionales de toda su producción a aquellos otros que tan solo encuentran dignas de consideración sus tres últimas óperas viendo en Falstaff la gran obra maestra de Verdi. Verdaderos iluminados que no desaprovechan la ocasión para dejar bien claro su aprecio por la última obra del maestro así como el progresivo desprecio por el resto de su opus, más intenso según nos vamos acercando a sus primeras obras.


Personalmente me parecen especialmente ilustrativas las reflexiones que sobre la obra de don Giuseppe, “Poética musical”, reuniera en 1940 un artista tan decisivo para el desarrollo de la música del siglo XX como Igor Stravinski. De entre todas ellas, y en relación a la polémica anteriormente señalada, destaca la afirmación según la cual es del todo erróneo intentar ver influencias wagnerianas en las últimas obras de Verdi –si se rebusca bien siempre es posible que puntualmente encontremos algún ejemplo- así como intentar considerar a estas creaciones como su único legado digno de mención. De esta forma llega a decir en sus lecciones no sin cierta ironía:
“Si Falstaff no es la mejor obra Wagner, tampoco es la mejor ópera de Verdi”.
De la misma opinión se muestra el musicólogo Renè leibowitz al preguntarnos en su artículo “¿Conoce usted a Verdi?” sobre la apreciación que del compositor tenemos los amantes de la música, tanto profesionales como aficionados. En este interesante artículo el músico polaco reflexiona sobre el desconocimiento que, en general, existe sobre las primeras óperas verdianas y sobre la equivocada tendencia de subestimar a sus títulos más tempranos y populares –principalmente los estrenados hasta la aparición de “La traviata”- en beneficio de los ya mencionados anteriormente, Otello y Falstaff.


En el campo contrario no menos interesantes resultan las declaraciones de alguién con tanta cercanía al mundo musical como Alejo Carpentier. El escritor cubano en su interesante colección de artículos musicales de significativo título, “Ese músico que llevo dentro”, no se muestra, por el contrario, nada de acuerdo con los postulados anteriores. Y es que para Carpentier toda la producción de los “años de galeras” deberían quedar tan en el olvido como la obra de otros músicos del barroco y primer romanticismo a cuya resurrección hoy asistimos.


¿Pero, podemos incluir en el mismo saco las producciones de músicos sensiblemente inferiores con las primeras obras del maestro italiano?
Y es que al enfrentarnos a una obra de arte hay algo que va más allá de la pura admiración, de la simple constatación de que aquello que presenciamos responde a la categoría de auténtica obra maestra. De esta forma el verdadero amante de Verdi no diferencia entre etapas buenas, etapas geniales o, refiriéndonos a la prímera época, etapas tediosas. Si la emoción no responde a esta lógica el amor menos aún.
De esta forma el verdadero verdiano ama y siente por igual la vitalidad y la perfección formal del apoteósico final de Falstaff que el, tan solo en apariencia, contradictorio y más liviano final del primero de los actos de su temprano Macbeth en el asistimos al asesinato del rey Duncan a ritmo de vals.


Otra particularidad de la obra de Verdi y en la que, sin miedo a exagerar, se puede considerar como auténtica heredera de la de Mozart es su gran conocimiento del teatro. Por más que sus primeros libretos no alcancen la perfección que años más tarde alcanzarían los redactados por Arrigo Boito el arte de Verdi siempre supo dotar a todas sus obras de un innegable instinto dramático. De esta forma resulta del todo imposible resistirse al impactante efecto teatral que aparece en la transición entre las dos últimas escenas de Un Ballo in Maschera –no en vano considerada por Adorno como la más teatral de todas las óperas- cuando el tenor nos introduce con su arrebatador “si rivederti Amelia” en el fabuloso baile donde él mismo será asesinado. Y cuando al final de esa cima de su producción que es Rigoletto escuchamos tan horrorizados como el propio bufón la voz del Duque de Mantua entonando una vez más “La donna è mobile” ¿no es este sencillo, pero contundente, efecto dramático mucho más poderoso que el de la mayor hoguera que podamos imaginar consumiendo todo un Walhalla? Esta pregunta la hago, evidentemente, mientras pienso, una vez más, en Stravinski y en la famosa boutade sobre esta ópera, de nuevo en su Poética musical, en la que al afirmar que “hay más sustancia y verdadera invención en el aria “La donna è mobile”, en el que la élite no ve más que una deplorable facilidad, que en la retórica y el griterío del Anillo” quiero entender que el músico ruso hace referencia más al poder dramático de este fragmento que a su estricta calidad musical.


Pero, aparte de estas consideraciones, quizá la característica principal que hace que sintamos a Verdi como esa gran figura paternal, y donde encontramos la auténtica fuerza y la esencia de su arte, resida en la capacidad del compositor para plasmar en sus obras un sentimiento sólo reservado a los más grandes creadores: la compasión.
Esta sentimiento aparece de maneras muy diferentes a lo largo de toda su producción. La podemos encontrar en la nostalgia de Elisabetta por su Francia natal, o bien en forma de clarinete acompañando el terrible sacrificio de Violeta, o en los angustiosos “Lará, lará” que Rigoletto tararea intentando disimular su desesperación mientras busca a su hija Gilda.
También sentimos la más profunda compasión por el moro veneciano en las patéticas palabras de Otello al final de la obra sobre el cuerpo ya sin vida de Desdémona, o en la no menos desgarradora “pace, pace” que Amneris invoca al final de Aida. Para que un personaje tan amargo como Felipe II pueda llegar a transmitirnos toda sus contradicciones y sus debilidades una sencilla melodía del cello puede llegar a transformar al poderoso tirano en un simple mortal digno de la mayor compasión.
Pero el amor de Verdi no llega a sus personajes tan sólo de forma individual. Su capacidad para hacernos sentir una compasión por toda la humanidad hace que su nombre bien pueda figurar, sin ningún tipo de complejos, junto a los de Bach y Beethoven. Ejemplos como el famoso coro de Nabucco o el no menos hermoso “Patria opresa” de Macbeth así lo demuestran. Pero de entre todas ellas quizá dos obras, bien diferentes entre si, sean las que elevan a Verdi por encima de todos sus contemporáneos.
En la segunda escena del primer acto de Simón Boccanegra, la famosa escena del Consejo, encontramos uno de los cantos por la paz más hermosos jamás creado por artista alguno:

Piango su voi, sul placido Raggio del vostro clivo
Lloro por vosotros, por el plácido sol de vuestras colinas,
Là dove invan germoglia Il ramo dell'ulivo.
Allí donde en vano florecen las ramas de olivo.
Piango sulla mendace Festa dei vostri fior,
Lloro por la falaz alegría de vuestras flores.
E vo gridando: pace! E vo gridando: amor!
Y voy gritando: ¡paz! Y voy gritando: ¡amor!


Y, como genial contrapunto, Falstaff. Ningún testamento musical comparable a este descarado canto a la vida lleno de complicidad y sarcasmo ante las miserias del hombre. Obra plena, una vez más, de ese abrazo fraternal, como diría Beethoven, por toda la humanidad pero tan lejos de los cantos de cisne más trágicos y llenos de siniestros presagios –recordemos el Requiem de Mozart, el “Viaje de invierno” de Schubert, “la Canción de la tierra” de Mahler o los “cuatro últimos lieder” de Strauss- con los que la tradición más romántica considera que se debe acabar una carrera musical.
Y es que pocas verdades hay tan ciertas como la que pregonan a voz en grito Verdi/Boito en su fuga final: “Tutto nel mondo é burla”. El cínico grito de toda una humanidad como única respuesta posible ante el misterio de la existencia, ante lo grandioso y, al mismo tiempo, ante lo absurdo de la vida. La comprensión y la compasión que sólo de la mano de un padre pueden llegar. Un padre que a través de su música, como nueva y verdadera religión, nos redime a todos del dolor, de la angustia, del abismo.

"La Traviata" se representa en el teatro Maestranza de Sevilla del 11 al 20 de junio.

sábado, 28 de noviembre de 2009

(108) ...Y LA SEVILLANÍA SE HIZO DUQUESA

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Cuando aún no han comenzado a brillar en el noche sevillana las miles de bombillas que nos anuncian la llegada de las entrañables fiestas navideñas la bella capital del Guadalquivir, intuyendo la proximidad de esas otras fiestas que pregoneras de la primavera se celebran en el sur de nuestra amada patria como en ninguna otra parte se saben celebrar, nos presenta el cartel anunciador de su Semana Santa y su Feria de abril.
La celebración de tan esperado acontecimiento reune en el salón Colón del ayuntamiento hispalense a gran número de personalidades de todos los estamentos de la ciudad así como a una nutrida representación de todos los medios de comunicación.

En esta ocasión el consistorio ha seleccionado entre varias candidatas la obra de la insigne artista sevillana Reyes de la Lastra la cual, habiendo logrado permanecer ajena a los cantos de sirena de las vanguardias que amenazan la verdadera esencia de la creación artística, nos ofrece esta auténtica joya del arte contemporáneo digna heredera de aquellas otras obras de los pintores barrocos que tanto hicieron por convertir a Sevilla en capital universal del arte.
Para la ocasión la artista ha tenido el acierto y, por qué no decirlo, la deferencia de contar con una de las mujeres más admiradas y queridas por el siempre agradecido pueblo sevillano. Nos referimos, como muchos de ustedes ya habrán adivinado, a la duquesa Cayetana de Alba.

En el cartel, que destila sevillanía por sus cuatro costados, encontramos a una bellísima Cayetana ataviada con la tradicional mantilla española, blanca y taurina en esta ocasión, acompañada de esa otra gran dama sevillana, y que, por desgracia, ya nos abandonara hace años, y que no es otra que la grandiosa Juana Reina con mantilla negra y en actitud de ofrecer una saeta a la Virgen Macarena. Dos Eugenias completan la tierna escena: la hija de la duquesa, con la túnica de "Los gitanos", y la sobrina nieta de la tonadillera, en traje de amazona. La clase y el señorío de Sevilla resumido en estas cuatro mujeres. El ayer, en la figura de Juana, el hoy, en la de una eternamente joven duquesa de Alba, encarnación de las mayores virtudes de la mujer andaluza, y el mañana, en las dos preciosas niñas, símbolo de las nuevas generaciones de nuestra amada nación andaluza.

El acto estuvo presidido por el ilustrísimo señor alcalde, don Alfredo Sánchez Montesierín, al que podemos ver en la imagen, junto a una emocionada Cayetana de Alba, en los momentos posteriores al descubrimiento de la obra y mientras la banda de cornetas y tambores de la hermandad de "Las Cigarreras" interpretaba algunos fragmentos de la opereta de Offenbach "La gran duquesa de Gerolstein".

Tras las felicitaciones y muestras de cariño a ambas protagonistas, duquesa y pintora, todos los presentes pudieron compartir impresiones ante una buena copa de manzanilla y mientras se anunciaba al respetable la presentación, en el salón contiguo, de una nueva obra en homenaje a la duquesa.
Y es que, ante tanta gratitud y tanto cariño como Sevilla entera siente hacia esta auténtica "mujer del pueblo" que tantos servicios ha prestado a toda la comunidad, nuestra ciudad no podía conformarse con la dedicatoria de un sencillo cartel de fiestas primaverales. Una nueva muestra de afecto se hacía necesaria.
La iniciativa y la financiación del feliz proyecto ha partido, en esta ocasión, de algunas de las entidades que vertebran la auténtica idiosincrasia sevillana y que tanto significan para nuestra ciudad: Maestranza de Caballería, Cámara de Comercio y Cruzcampo.
Especialmente aplaudido fue el momento en el que el alcalde descubrió el boceto, obra del también sevillano Sebastián Santos Calero, en el que, una vez más, se nos aparece la gentil figura de la duquesa tal y como el propio artista la imagina: "La he querido representar vestida de una manera muy sevillana, que es como ella quería, con un gran mantón de manila, un clavel entre las manos... También tendrá una gran flor en la cabeza".
A la emoción del momento también quiso sumarse la tuna de la facultad de Bellas Artes, aunque, por más empeño que ponían en la tarea, las voces de los gallardos jóvenes a duras penas podían competir con los incesantes vítores y las atronadoras aclamaciones que la concurrencia dedicaba a una conmovida Cayetana:
"¡Viva la duquesa!", "¡Guapa!", "¡Guapa!".

Una vez concluido el acto los asistentes, con el pleno del consistorio al frente, se dirigieron a la basílica de la Esperanza Macarena donde, ante la imagen de Nuestra Señora, se ofició una solemne misa en agradecimiento por tan feliz acontecimiento. Terminada la misma se procedió a depositar una sencilla ofrenda floral ante la tumba del general Queipo de ...

Biiiiiiiippppppp! Biiiiiiiippppppp! Biiiiiiiippppppp!

"¡Pero, qué tarde es. Ya me volví a quedar dormido!".
Tenía todo el cuerpo empapado en sudor y el recuerdo de la terrible pesadilla, que tan oportunamente el despertador había interrumpido, aún me rondaba por la cabeza.
"¡Qué sueño más extraño!".
Instintivamente salté de la cama y, como llevado por un fatal presentimiento, dirigí mis pasos atropelladamente hacia el salón buscando la pared donde sabía que colgaba un calendario.
"Ufff, menos mal, noviembre de 2009. No sé, por un momento pensé...¡Qué va, menuda tontería! Esas cosas ya no pasan. Ahora estamos en el siglo XXI. ¿No?"


martes, 6 de octubre de 2009

(103) BORIS IZAGUIRRE Y FANTIN-LATOUR

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Henri Fantin-Latour (1836-1904)
Autorretrato, 1861


Reconozco que nunca he mostrado ni demasiada simpatía ni un especial rechazo por el personaje que tan hábilmente ha sabido vendernos a través de los medios, y durante estos últimos años, el señor Boris Izaguirre. Y, aunque tampoco soy persona que disfrute con los histrionismos exibicionistas ni con las astracanadas televisivas, he de asumir que en más de una ocasión, llevado por la indolencia nocturna, he sido testigo de más uno de sus particulares shows.

Un rincón de mesa (1872)

En esta ocasión, y consultando la edición del día 5 de octubre de El PAÍS.com, me vuelvo a encontrar con nuestro polifacético amigo ahora demostrando sus nuevas habilidades como comentarista de arte.


Llevado por una lógica curiosidad y, más que nada, por el gran interés que ha levantado la exposición que durante estos días presenta el museo Thyssen sobre Fantin-Latour me dispongo a ver el vídeo que con tal motivo nos presenta el diario digital.
El omnipresente gurú televisivo entre los lienzos de un museo: ¿qué puede salir de todo ésto?
Al instante mis dudas quedaron disipadas.


Y es que el resultado no puede ser más bochornoso.
¿Cómo es posible que, en los escasos cinco minutos que dura el reportaje, se puedan acumular tal cantidad de despropósitos?
Y es que las "ingeniosas" perlas con las que el conocido showman nos ilustra algunos de las obras expuestas, todas ellas a medio camino entre la banalidad más absoluta y la frivolidad más zafia, no tienen desperdicio.
De entre todas ellas tan sólo destacaré la que me parece más lamentable pero, al mismo tiempo, más ilustrativa y que explica a la perfección lo singular de los tiempos que vivimos y la categoría que alcanzan algunos de los que hoy en día son considerados como "referentes" de la cultura en nuestro país.

Mrs. y Mr. Edwards (1875)

Ante el retrato de los esposos Edwards Izaguirre no duda en referirse a ellos como "pareja muy vinculada al arte, pero que, como pareja, debería aburrirse mucho". No contento con semejante afirmación, y ante un nuevo retrato del mismo matrimonio donde aparecen interpretando una pieza musical, nuestro ilustre comentarista, que debía conocer muy íntimamente a ambos cónyuges, profundiza en la esencia del cuadro con gran sutileza agregando:

- "Evidentemente en este cuadro podemos observar que hay mucho más Schumann que sexo".

No creyendo que sus comentarios hayan logrado desentrañar la auténtica clave que nos permita descifrar el verdadero tema que Fantin-Latour nos propone en su pintura nuestro amigo prosigue en su escalada de despropósitos:

- "Pero, también nos hace pensar que la vida sin el cine, sin la radio y sin la televisión debía ser tremendamente aburrida".

Para terminar sus profundas observaciones con esta contundente conclusión:

- "Lo grande de este cuadro es que nos tranquiliza pensar que todo ha cambiado, y mucho...y para bien".

De las alusiones a un posible "menage a trois" con su cuñada y a lo fea que pintaba a su mujer mejor no hablar.

Todos estos comentarios no dejarían de ser una anécdota más dentro de cualquiera de los espacios televisivos nocturnos a los que nos tiene acostumbrado el señor Izaguirre pero, en un periódico de la categoría de El País, ¿cómo se permiten incluir semejante zafiedad entre sus contenidos?
Y el señor Vincent Pomeréde, comisario de la exposición, ¿qué pensará de todo ésto?


Si con semejantes aportaciones los responsables de la muestra piensan fomentar la asistencia a la exposición de la Thyssen o a cualquier otra ... ¡en verdad que vamos por buen camino!
Yo, por mi parte, para ver el careto de muermo del matrimonio Edwards mejor me quedo en casa viendo Tele5 ... que esta noche ponen "La Noria".

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viernes, 19 de junio de 2009

(95) MONTEVERDI: DE LO POLÍTICAMENTE (IN)CORRECTO EN EL ARTE (1ª parte)

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Claudio Monteverdi (1567-1643)

Una muestra de la gran distancia recorrida por la vieja Europa en estos cuatro últimos siglos la podemos encontrar en el empleo hecho de la tan discutida, unas veces por impertinente y otras por necesaria, “corrección política”. Y es que incluso hasta las gratuítas puntualizaciones con las que a menudo, sobre todo nuestros políticos, llegan a irritarnos (los ya conocidos "vascos y vascas" por ejemplo) reflejan el grado de "refinamiento" al que ha llegado nuestra sociedad. Incluso la creación de nuevos organismos en los gobiernos europeos, como el ministerio de Igualdad español, dice mucho del progreso social alcanzado por nuestra sociedad, aunque, a veces, bien es cierto que este tipo de ministerios den la impresión de ser más la consecuencia de este nuevo y privilegiado estatus que un arma válida para el logro de nuevos avances sociales ¿Será éste el motivo de la tan éfimera existencia del ministerio de nuestra incomprendida Bibiana?


¡Qué diferente era todo en la Europa del siglo XVII! Entre las guerras internas provocadas por la intolerancia religiosa, el miedo al invasor turco y la represión general que todo esto propiciaba, la sociedad europea no contemplaba precisamente la corrección política entre sus más importantes prioridades ¿O sí? Lo cierto es que, a su modo, también el arte del barroco estaba sometido a las normas de lo politicamente correcto pero, como ya veremos, en términos muy diferentes.

Para ejemplificar todo lo dicho bien podríamos detenernos un poco en dos de las piezas más importantes incluídas en el VIII libro de madrigales, los llamados "Guerrieri et Amorosi", de Claudio Monteverdi: “Il combattimento de Tancredi e Clorinda” e “Il ballo delle ingrate”.


LA CONVERSIÓN DE LA INFIEL

Para la Iglesia posterior a Trento los protestantes y los infieles del imperio otomano venían a ser los dos cuernos visibles del mismo diablo. También el propio Torcuato Tasso al crear su Jerusalem Liberata (1562) se dejó llevar por esta presión contrarreformista ambientando su poema en la toma de Jerusalem por los primeros cruzados.

Torquato Tasso (1544-1595)

Años más tarde, en 1624, Monteverdi emplearía el canto XII de la obra de Tasso para la creación de su famoso “combattimento”.
Si de innegable belleza y emoción resulta la imagen de Tancredi descubriendo con asombro y horror cómo su contrincante abatido en la batalla no es otra que la hermosa e infiel Clorinda (siglo y medio más tarde Wagner usaría, de forma no menos hermosa, un equívoco semejante al despertar a su Brunilda), bastante más chocante nos resulta, por el contrario, el empeño que la moribunda amazona muestra por recibir las aguas del bautismo antes de morir :

Amico, hai vinto: io ti perdon... perdona
tu ancora, al corpo no, che nulla pave,
a l'alma sì: deh! per lei prega, e dona
battesmo a me ch'ogni mia colpa lave.


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Domenico Robusti: "el bautismo de Clorinda" (1585)

¿Se podría concebir en el siglo de la "alianza de civilizaciones" un asunto semejante?

LAS INGRATAS DE TASSO Y EL GRANUJA DE TIRSO

Más terrible es la lección que se desprende del “Ballo dellle ingrate” que con texto de Ottavio Rinuccini fuera puesto en música por Monteverdi en 1608. En esta breve pieza se nos describe la siniestra procesión formada por aquellas mujeres que habiendo despreciado a sus amantes o, sencillamente, por haberse mostrado indiferentes ante sus requerimientos amorosos son condenadas por Plutón, y ante el desprecio de Amor y Venus, a penar eternamente en los infiernos su terrible pecado.
Resulta, cuanto menos, curioso que por estas mismas fechas apareciera sobre los escenarios el personaje de Don Juan que, como de todos es sabido, es condenado al mismo destino que las ingratas, si bien, en este caso, más por sus excesos con el sexo femenino que por permanecer frío ante sus encantos. Qué rasero tan desigual para medir la moral de hombres y mujeres ¿no? Y es que para la llegada de Carmen y Lulú aún quedaba mucho camino que recorrer.
Al final del “ballo” la voz de una de las “ingratas” se alza en solitario en este bellísimo lamento donde exhorta, a modo de moraleja final, a todo el sexo femenino a que en adelante procuren ser más dóciles y complacientes con sus amantes si no quieren terminar del mismo modo:

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UNA DELLE INGRATE

Ahi troppo Ahi troppo è duro!
Crudel sentenza, e vie più crude pene!

Tornar a lagrimar nell'antro oscuro!

Aer sereno e puro,

Addio per sempre! Addio per sempre,

O cielo, o sole! Addio lucide stelle!
Apprendete pietà, Donne e Donzelle!

QUATTRO INGRATE (insieme)

Apprendete pietà, Donne e Donzelle!

Segue, UNA DELLE INGRATE

Al fumo, a gridi, a pianti,
A sempiterno affanno!
Ahi! Dove son le pompe, ove gli amanti!
Dove, dove sen vanno
Donne che si pregiate al mondo furo?
Aer sereno e puro,
Addio per sempre! Addio per sempre,
O cielo, o sole! Addio lucide stelle!
Apprendete pietà, Donne e Donzelle!

QUATTRO INGRATE (insieme)

Apprendete pietà, Donne e Donzelle!




Quizá a la sociedad de entonces todo esto no sonara tan incorrecto como hoy en día nos lo parece a nosotros. O puede que todo, en el fondo, no fuera más que un irónico juego con el que divertirse en la corte de Mantua ¿Habremos perdido nosotros la capacidad de ironizar sobre estos asuntos?
Sea como fuere lo cierto es que la música de Monteverdi para nada suena ni irónica, ni ambigua, ni, por supuesto, incorrecta ( No, la maravillosa disonancia del bajo en el último compás sobre el “si” tampoco es una incorrección, aunque lo pueda parecer. Lo del # en lugar del becuadro sí parece un error).


Sin embargo, Monteverdi nos preparaba una última y suculenta sorpresa: para Carmen y para Lulú puede que aún no hubiera llegado la hora, pero sí para Poppea.
(Continuará…)

lunes, 2 de marzo de 2009

(83) ELECCIONES AL PARLAMENTO VASCO

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----------LEHENDAKARI LÓPEZ


Para todos aquellos que vivimos la política desde posturas muy lejanas a cualquier tipo de nacionalismo hay que reconocer que hoy es un gran día para el País Vasco. La victoria histórica de las fuerzas no nacionalistas podrían llevar al poder, por primera vez desde la devolución a los vascos de sus instituciones autonómicas, a un socialista al palacio de Ajuria Enea. Sin embargo, este acontecimiento va a ser, y de hecho ya lo está siendo, desprovisto de toda legitimidad por amplios sectores del entorno nacionalista y, principalmente y por razones obvias, desde los partidos ilegalizados (el otro gran perjudicado de esta jornada, el PNV, hoy, más consciente que nunca del gran daño que esta ilegalización podía acarrearle, como así ha ocurrido, ya puso el grito en el cielo desde el inicio del proceso y será curioso observar como se posiciona en estos próximos y decisivos días)
No es menos curioso comprobar como en los diagramas explicativos aparecidos en el diario GARA los votos nulos del electorado han sido adjudicados automáticamente, sin dejar lugar a dudas, al principal partido heredero de la antigua Batasuna y excluido de estos comicios, el partido D3M.
Y no menos ilustrativo se nos muestra su EDITORIAL.

Rosita también está feliz

Pero, y el resto de los demócratas ¿cómo podemos afrontar esta victoria o, simplemente, los resultados de estas elecciones? ¿Son válidos? ¿Qué hace una democracia con los más de cien mil votos nulos depositados en las urnas y que, aceptando su pertenencia a la izquierda abertzale ilegalizada, en un juego de democracia paralela, podríamos adjudicar a D3M?


Cada uno vota a su manera

La clave de todo este asunto la encontramos, sin duda alguna, en el único partido auténticamente abertzale, esto es, abiertamente independentista y que, situado en la izquierda más o menos radical, con todas las de la ley concurría a estas elecciones: el partido Aralar. Aunque mis conocimientos sobre los contenidos ideológicos de ambas agrupaciones son limitados, ya sabemos que en los partidos políticos cuanto más radicalizan sus posturas más fina es la línea que separa a unos de otros, podemos destacar que el principal punto de discrepancia entra ambos partidos, y una de las causas de la ilegalización de uno de ellos, se reduce a una sola cuestión: la condena de la violencia.
Por tanto, es fácilmente deducible que si, ante dos propuestas más o menos similares, parte del electorado se decanta por aquellas pertenecientes al partido que no condena el empleo de la violencia como medio para conseguir ciertos fines sea esta justificación, y no otra cuestión, la razón del voto de este sector de la población.

¿Cuál es el sentido de la inclusión de este punto en el ideario del partido?

¿No está esta “pequeña” diferencia incluida en el programa electoral con el malintencionado propósito de obligar al estado a la ilegalización? ¿No se consigue de esta forma victimizar, una vez más, al "oprimido" pueblo vasco con el rédito tan beneficioso que ésto conlleva?


Miembros de Aralar celebran ser la segunda fuerza nacionalista más votada

En amplios sectores abertzales se ha trivializado hasta extremos verdaderamente obscenos con el significado de la palabra “condena".
¿Por qué tanta inmoralidad? ¿Es esta cuestión más fuerte y profunda que sus convicciones nacionalistas-independentistas? ¿No son conscientes de que, si hubieran obviado esta cuestión, Aralar habría llegado al parlamento de Vitoria con al menos 160.000 votos y más de diez diputados? O es que desprecian el sistema democrático hasta tal punto que prefieren, con la frivolidad que les caracteriza, estar fuera de él permitiendo que gobiernen los “españolistas”.

Poco derecho tiene al juego quien anda constantemente pinchando el balón.
Aunque, en el fondo, creo que ésto bien poco les importa. Autoexcluidos del parlamento siempre encontrarán en la calle su foro natural de expresión y de presión. La excusa perfecta.
Patxi, disfruta de tu triunfo, nadie tiene derecho a negártelo y menos quien pudiendo habértelo arrebatado en las urnas ha preferido tirarse al monte de la ilegalidad.
Boccanegra te desea toda la suerte del mundo, la vas a necesitar.

Y para finalizar, unas gotas de "humor" que he recibido en mi correo y que, la verdad, no sé si tienen mucha gracia pero que ilustran a la perfección el sentir de muchos.
Lo que yo te digo, Patxi: suerte y al toro.

viernes, 6 de febrero de 2009

(77) TARSICIO BERTONE Y ZP

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Llevo todo el día dándole vueltas al asunto y, por más que lo pienso, no entiendo a qué se debe el revuelo levantado con la visita del secretario de Estado de la Santa Sede, el cardenal Tarsicio Bertone. Ante todo me asombra el que desde amplios sectores, los más conservadores, por cierto, de nuestra sociedad se haya criticado el muy cordial recibimiento y las atenciones prestadas por nuestro presidente al segundo de Benedicto XVI. Términos como “hipocresía” o “falta de coherencia” han corrido de boca en boca reprochando a nuestro jefe de gobierno el que no tratara a su invitado con una mayor frialdad o con un distanciamiento más en consonancia, al parecer, con la cruzada laicista en la que Zapatero nos ha embarcado ¿Hipocresía y falta de coherencia? ¿Con la Iglesia Católica? ¿Pero, no son estos modos con los que la diplomacia vaticana ha sido, a lo largo de sus más de dos mil años de existencia, hábilmente, y mejor que ninguna otra, adiestrada?
Y todo porque monseñor Bertone ha llegado a España con la intención de llamar al orden al gobierno de nuestro país y propinar a ZP un tirón de patillas por su empeño, según algunos, en acabar con viejos y enfermos terminales, en fomentar el negocio de las clínicas abortivas, en casar a peras con manzanas y en terminar con todo vestigio, por mínimo que éste sea, de lo que algunos, en exclusiva, entienden por "familia".
O será quizá, por el asunto de esa asignatura cuyos contenidos, asunto verdaderamente lamentable,
tanto trabajo nos está costando a todos consensuar. Qué curioso resulta todo ahora cuando muchos, demasiados en este país, parecen haber olvidado aquellos años (no hace tanto tiempo de ésto) en los que, a esta misma Iglesia, parecía no temblarle el pulso al firmar aquellos concordatos en los que, entre otros muchos asuntos, se contemplaba la enseñanza obligatoria del catecismo.
Y ante ésto Boccanegra pregunta: ¿es lícito, según las más elementales normas que rigen el derecho internacional, que un estado interfiera en las leyes y en las decisiones tomadas por otro? ¿Qué ocurriría si Sarkozy, por elegir algún mandatario al azar, viniera a nuestro país a presionarnos sobre alguna cuestión interna, por mínima que esta fuera, y a decirnos qué leyes son válidas y cuáles no?
Por cierto, y ya que sale el presidente francés a relucir: ¿no es digna de reflexión la consigna del papa de apoyar el "laicismo positivo", a lo Sarkozy, y rechazar el "laicismo militante", a lo Zapatero?
¡Qué viejo zorro estás hecho, Benedicto!


Sarkozy intentando convencer a Benedicto XVI de que los franceses con la "revolución" tan sólo querían hacer unas risas, pero que, al final, todo se les fue de las manos

Pero, además de toda esta sinrazón, y en relación con otros asuntos de bastante más peso, me surgen otras preguntas: ¿a qué tipo de estado representa Tarsicio Bertone? ¿es el Vaticano una de las democracias con más prestigio del planeta o, por el contrario, su forma de gobierno y de elección de sus altos cargos está más próxima a lo que se conoce como teocracia? ¿es el Vaticano el estado más adecuado para indicar como otros deben legislar cuestiones tan importantes para los ciudadanos, como pueden ser el aborto o el matrimonio homosexual, cuando uno de sus máximos referentes, según reza uno de los dogmas de su Credo-Constitución, fue fecundada por una paloma y mientras sus habitantes, o bien permanecen célibes toda su vida, o bien , si se casan, con quien contraen matrimonio es, ni más ni menos, que con el mismísimo Dios.
Y por último, una cuestión no menos interesante: ¿qué reacción despertaría entre los ahora tan complacientes sectores católicos de nuestra nación si esta visita, y sus correspondientes reproches, vinieran de otra nación gobernada, al igual que la Santa Sede, de forma teocrática, tal y como ocurre, pongamos por caso, con Irán?


¡Viva la diplomacia!

Y toda esta inaceptable intromisión es justificada desde un gran sector de la población y desde numerosos medios de comunicación por la tan manida cuestión de la catolicidad española. Correcto, gran cantidad de españoles son católicos ¿cuántos? Muchos, es verdad.
Pero, y de nuevo las preguntas se amontonan: ¿deben las cuestiones de fe presionar hasta el punto de sustituir éstas al debate político? ¿por qué los católicos, si tan numerosos son, no crean un partido político y, sin ambages de ningún tipo, defienden sus posturas en el parlamento? Sí, ese bonito edificio que, por si alguien no lo recuerda, sirve para discutir las normas que nos deben gobernar a TODOS y que algunos, más amigos de la imposición, de la exclusión y del escándalo, parecen despreciar.

Ah, que este partido ya existe.
Pues, que hable y que convenza.
Y por cierto, y ya para terminar, no estaría de más recordar, y poco me importa si me incluyen entre sus votantes por ello, que nuestro actual presidente llegó, por segunda vez, al poder por incluir temas tan controvertidos como los que ahora nos ocupan en su programa electoral.

Ah, y por sacar más votos que su adversario.
Al César lo que es del César y a Dios... rogando y con... la Iglesia hemos topado, amigo Boccanegra.

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