domingo, 16 de noviembre de 2008

(60) HUGO WOLF: PEQUEÑAS COSAS (AUCH KLEINE DINGE)

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UNA CANCIÓN

Auch kleine Dinge können uns entzücken,
Incluso las pequeñas cosas nos pueden cautivar,
Auch kleine Dinge können teuer sein.
Incluso las pequeñas cosas pueden sernos queridas.
Bedenkt, wie gern wir uns mit Perlen schmücken;
Pensad en las perlas que con tanto placer nos adornan;
Sie werden schwer bezahlt und sind nur klein.
Alto fue su precio y son, sin embargo, tan pequeñas.


Bedenkt, wie klein ist die Olivenfrucht,
Pensad en lo pequeño que es el fruto del olivo,
Und wird um ihre Güte doch gesucht.
Y cómo es codiciado por su virtud.
Denkt an die Rose nur, wie klein sie ist,
Pensad tan sólo en la rosa, qué pequeña es,
Und duftet doch so lieblich, wie ihr wißt.
Pero, como bien sabéis, qué amable es su perfume.


UN CUENTO

Ya era tarde y el tumultuoso escándalo de niños y papás que hacía tan sólo unos minutos reinaba por todos los rincones del conservatorio había dejado paso al más absoluto de los silencios. Apagué las luces de la clase y me apresuré en busca de mi bicicleta con la mente fija en tres asuntos: en el agujero que a esas horas, más de las nueve, tenía en el estómago, en qué podría cenar para rellenarlo, algo rapidito y contundente, y en la media hora de bici que aún me quedaba por delante hasta llegar a casa.
Salí al pasillo buscando la escalera cuando nada más poner el pie sobre el primer escalón comencé a escuchar un ruidito que aunque familiar no por ello me resultaba menos intrigante. Lo que a duras penas se podía percibir no era otra cosa que el tímido pizzicato de un violín,“qué extraño, si ya hace rato que terminaron las clases”, pensé. El sonido procedía de no muy lejos y era tan pequeño que comencé a bajar las escaleras casi de puntillas. La música, si esos inconexos cling-cling podían llamarse así, de inmediato se me hizo reconocible: “la, la, mi, mi, fa, fa…miiii”. No había duda, cuando ya creía que no las volvería a escuchar más hasta el próximo día, las incombustibles “Campanitas del lugar” del maestro Suzuki volvían de nuevo a mis oídos. ¿Pero, quién estaba tocando? Intentando no ser visto me fui aproximando paso a paso hasta alcanzar el último tramo de la escalera. Una vez situado sobre el último peldaño comencé a asomar lentamente la cabeza esperando descubrir al responsable de tan peculiar ejecución.

Y allí estaba ella, sentada en un banco, con su menudo chandal del colegio, sujetando el violín sobre sus piernecitas cruzadas, como si de una guitarra se tratara, e intentando descifrar la canción que no hacía ni una hora le había enseñado. Las primeras notas eran ejecutadas con cierta fluidez pero cuando la melodía necesitaba cambiar de cuerda sus tres deditos no acertaban a colocarse en el lugar adecuado obligando a la pequeña a reiniciar el proceso una y otra vez. La entrada estaba totalmente desierta. Ni siquiera Manoli, la conserje, estaba en su garita. No sé cuanto tiempo permanecí así. El tiempo parecía haberse detenido. ¿Puede haber algo más hermoso que la inocente curiosidad de un niño?
Un poco avergonzado por mi clandestinidad comencé a caminar hasta situarme justo a su lado.
-“¿Pero, qué haces aquí, tan sola, y a estas horas?
Al verse sorprendida alzó sus dos preciosos ojos negros y con una luminosa sonrisa, a medio camino entre la vergüenza y la picardía, me respondió:
-“esperando a que me recoja mi madre”.

Como las palabras a duras penas podían salir de mi boca también yo opté por responder con una sonrisa.
Ya con mi bici en la calle me volví una última vez para contemplar a través de los cristales como la pequeña continuaba con sus ensayos: “Cling-cling”, sonaban las cuerdas. En ese momento lamenté que aún quedara toda una semana para poder enseñarle el resto de la canción, aunque para entonces una extraña emoción recorría todo mi cuerpo. Ya no tenía hambre, ni pensaba en la cena y mi bicicleta parecía que tenía alas.



Cuando Hugo Wolf coloca este lied al inicio de su colección de canciones italianas (Italienisches Liederbuch) parece proponernos toda una declaración de principios: el poder y la supremacía de lo pequeño, de lo cotidiano sobre lo grandioso y lo pretencioso. El valor y la enorme capacidad expresiva de una humilde canción.
La canción, como todas las de esta colección, se encuentran en la recopilación "Canti popolari toscani, corsi, illirici e greci" seleccionados e ilustrados por el escritor Niccolò Tommaseo y publicados en Venezia en el año 1841. En la versión anónima recogida por Tommaseo el texto dice así:

Le cose piccoline son pur belle!
Le cose piccoline son pur care!
Ponete mente come son le perle:
Son piccoline, e si fanno pagare.

Ponete mente come l'è l'uliva:
L'è piccolina, e di buon frutto mena.
Ponete mente come l'è la rosa:
L'è piccolina, e l'è tanto odorosa.


Monumento a Niccolò Tommaseo (1802-1874), Campo San Stefano, Venecia.


Y UN CUADRO

También el pintor francés Edouart Manet sintió al final de su vida el placer y la satisfacción que suponían la plasmación sobre el lienzo de algo tan modesto y sencillo como un manojo de flores. Merece la pena detenerse un instante, ampliar la imagen y contemplar la maravilla de este diminuto lienzo, su riqueza cromática y la sabiduría alcanzada por Manet en sus últimos años de vida.

Edouart Manet (1832-1883). Flores en un jarrón de cristal (1882).
(National Gallery of Art, Washington)

Todo está ahí, al alcance de nuestra mano, tan sólo hay que tener los ojos y el corazón bien abiertos para poder verlo. ¿Quizá los de un niño?
Tommaseo, gran aficionado a las grandes sentencias, proclamó solemnemente una vez:
"el hombre a quien el dolor no educó siempre será un niño".
A lo que BOCCANEGRA responde:
“no hay mayor dolor para el hombre que la pérdida de su niñez”

8 comentarios:

Condesa Pituccini dijo...

Me has hecho llorar de nuevo.....
Es cierto en este mundo de grandes acontecimientos,grandes frases ....los corazones encogen y se endurecen ,pero aún y a pesar de casi todo, quedan grandes corazones de niño capaces de disfrutar de lo íntimo, de lo ínfimo.
Así que no debe dolerse , mi querido Señor Boccanegra, el suyo es uno de ellos.
Y yo tengo la fortuna de contarme entre los que lo frecuentan.

Anónimo dijo...

Otra vez mi corazón partío...
Cuando uno cree tener pequeños traumas superados, aparece algo tan hermoso como lo que escribes... que... en fin, sabes a qué me refiero.

Anyway, qué cuento tan bonito!

Gracias!

BOCCANEGRA dijo...

Anónimo, me tienes intrigado ¿qué traumas son esos? ¡Desenmascárate!

SEGESTA dijo...

Como diría la Paquera de Jerez "Que ssshensshibilidad tiene este payo"

Y que cache tiene tu blog,(digo yo), ¡Anonimos con traumas!

Angeles dijo...

A mi tambien me has hecho llorar...qué será?: mi sensibilidad de madredeniñasmúsicas, o la penita del tiempo que pasó cuando eran tan...monas.
Segesta, qué te pasa?, de verdad quieres usuarios de tu blog con traumas?, sólo tienes que pedirlo, digo yo!

BOCCANEGRA dijo...

Para tranquilidad de los visitantes os diré que el trauma de "anónimo" es de poquito más o menos. Por lo demás, me encanta haber podido transmitiros una pequeña parte de emoción del momentazo-Suzuki.

Carmen dijo...

Javi,me ha encantado el cuento,nunca pensé que Campanitas llegara a enternecerme de ese modo,después de tantos años de escucha...eso es amor por el violín.Dale un superaprobado!!!....su soledad,su pizzicato,sus campanitas,su pasilleo de conservatorio...anda que se ve eso todos los dias..Tierno,tierno.
Creo que se ha convertido en tu preferit..

BOCCANEGRA dijo...

pues...va a ser que sí

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