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viernes, 22 de octubre de 2010

(122) SEVILLA, TEATRO MAESTRANZA: JONAS KAUFMANN. SCHUBERT: La bella molinera


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Der Jüngling an der Quelle D.300

Leise rieselnder Quell!
¡Fuente de suave murmullo!
Ihr wallenden flispernden Pappeln!
¡Álamos que entre susurros ondeáis!
Euer Schlummergeräusch
Vuestro adormecido rumor
Wecket die Liebe nur auf.
En mí el amor despierta.

Linderung sucht' ich bei euch
Entre vosotros alivio buscaba
Und sie zu vergessen, die Spröde.
Para a la esquiva poder olvidar
Ach, und Blätter und Bach
¡Ay! ¡Pero hasta las hojas y el arroyo
Seufzen, Luise, Dir nach!
Suspiran, Luise, por ti!



Confieso que compré las entradas para el recital de Kaufmann sin saber cuál sería el contenido del programa. Cuando me enteré que cantaría el ciclo de la bella molinera lo primero que me vino a la memoria fueron algunos de los recitales de lied padecidos anteriormente. Y es que , cuando uno piensa en el lugar ideal para la interpretación de este tipo de canciones, el Maestranza no creo que figure entre uno de ellos, la verdad. Por otra parte, las contadas ocasiones en las que he podido escuchar al tenor alemán, las características de su voz, habiéndolo visto en papeles como Don José o Lohengrin, tampoco me hacían presagiar nada bueno en un campo tan delicado como el del lied. Pero, qué le vamos a hacer, una vez más se ha vuelto a demostrar que la ignorancia es la peor consejera que pueda existir.
Que Kaufmann posee una voz privilegiada ya lo sabía, pero que era capaz de desplegar tal variedad de colores y de matices, como los que ayer fue desgranando a lo largo de las veinte canciones del ciclo schubertiano, tengo que reconocer que no me lo esperaba. A pesar de algún problemilla en la emisión, principalmente en el registro agudo al cantar a media voz, la versión escuchada ayer sólo puede calificarse de magnífica con algunos momentos antológicos de esos que cortan la respiración. Puede que a algunos la versión les pueda parecer en exceso romántica, extremada en los contrastes y con un cierto abuso del falsete en los pianos. Personalmente creo que el mundo del lied permite muchas lecturas, casi todas válidas, pero que lo único inaceptable debe ser el aburrimiento.
Y Jonas Kaufmann ayer no sólo no aburrió sino que, a mi modesto entender, dio toda una lección magistral de expresividad y, lo que es más importante, de musicalidad: acariciando con la voz, a veces casi de un cálido color baritonal, en los momentos de mayor intimidad o rasgando el aire del Maestranza con el portentoso metal de su voz, no olvidemos que Kaufmann es el prototipo de heldentenor alemán, en algunos de los momentos más brillantes, por ejemplo el "dein ist mein Hertz" de "Ungeduld" (nº 7).



Y al piano, Helmut Deutsch. Maestro de Kaufmann, su interpretación de la bella molinera es sencillamente magistral. Atento a cada matiz, a cada detalle, realizó un acompañamiento simplemente perfecto. En definitiva, una estupenda velada que me hizo reconciliarme con el teatro, con su público (nivel de toses medio, tirando a bajo) y en el que el silencio, tan difícil de encontrar en esta "otra" Maestranza, reinó de una forma especial en la última propina, como por encanto, en uno de los momentos más mágicos de la noche: el muchacho en la fuente.

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Postdata: que todo el público, reconozco que yo también piqué, rompiera a aplaudir cuando apareció en la pantalla de los subtítulos la palabra Pause, en referencia a la canción del mismo nombre (número 12 del ciclo), creo que merece la pena comentarse. Y no sólo por lo ridículo de la situación sino, más bien, por imaginar qué le rondará por la cabeza al bueno de Jonas cada vez que vea acercarse la dichosa canción y comprobar la reacción del respetable. ¿O esas cosas sólo pasan aquí?



sábado, 9 de octubre de 2010

(120) BOCCALIEDER I (Disco rojo): una selección de canciones para el otoño

Los primeros chaparrones que te pillan en plena calle sin paraguas; algo de abrigo que uno se niega a vestir intentando negar lo inevitable; atardeceres que día a día aceleran su paso; la mantita que nos busca, casi sin que nos demos cuenta, en las tardes televisivas de domingo; ventanas que ya no quieren abrirse. En definitiva: la hora del bajón otoñal ya está aquí. Y con las defensas por los suelos también llega la hora de las múltiples enfermedades que, tanto para el cuerpo como para el alma, comienzan a apoderarse de cada uno; males que, en mi caso, se apoderan de mi espíritu en forma de una mustia melancolía que, a pesar de lo repentino del cambio estacional, la experiencia sabe tranquilizar alertándome de lo inútil de toda resistencia y aconsejándome el total abandono. Ya sabéis: si no puedes vencerlos, únete a ellos.
No resulta por tanto difícil de entender que este otoño me haya sorprendido recordando viejas canciones y, con todos los nuevos medios ahora disponibles (Spotify, YouTube, blogs), rebuscando por la red diferentes versiones de mis lieder favoritos. Ahora, después de haber hecho una pequeña selección, las traigo al blog para compartirlas con todos vosotros. La mayoría de ellas me han acompañado desde hace mucho tiempo y muchas ya han sido protagonistas de alguna que otra entrada en Boccanegra. Todas comparten ese carácter íntimo propio del Lied pero, en este caso, acentuando su lado más melancólico. Advertencia muy importante: escuchadas todas estas canciones de un tirón los efectos secundarios pueden llegar a ser peligrosos y no respondo de las consecuencias si algún incauto, en avanzado estado depresivo-otoñal, abusa de ellas ingiriendo más dosis de las debidas.


BOCCALIEDER, DISCO ROJO


Si esa dulce tristeza que llamamos melancolía baña por igual todas las canciones incluidas en este blog la variedad en la procedencia de todas ellas está bastante más acentuada. Evidentemente, como no podía ser de otra forma, la mayor parte pertenecen al entorno alemán aunque, incluso entre estas quince canciones, podemos encontrar muy diferentes intenciones.
Para ello bastaría con comparar la exquisita contención y sencillez de un Hugo Wolf (12-WOLF: Italianische Liederbuch - "Auch Kleine Dinge") con la trascendental profundidad de Mahler (23-MAHLER: Ich bin der Welt abhanden gekommen); o el ensimismamiento schubertiano (5-SCHUBERT: Abendstern D806 (Mayrhofer)) y la contemplación schumanniana (1-SCHUMANN: Mondnacht OP 39/5) con la apasionada teatralidad de Strauss (10-STRAUSS: Allerseelen, Op. 10/8).

Tampoco podía faltar en esta selección una buena muestra de canciones de autores rusos. En este sector, como era de esperar, es donde viviremos las músicas más arrebatadas y donde la pasión se desborda a cada compás. Desde la nostálgica música de Rajmaninov, llene de un marcado sabor popular (3-RAJMANINOV : Song Op.4 No.4: Ne Poy, Krasavitsa), hasta el delirio casi enfermizo del último Chaikovski (9-CHAIKOVSKI: Nochy bezumniye, Op. 60/6). Tan sólo la dulce melodía de Rimski-Korsakov (6-RIMSKI-KORSAKOV: Ne veter, veya s visoti, Op.43/2) nos devuelve al apacible mundo del Lied alemán.
El aspecto más amable del mundo de la canción, la mélodie francesa, llega de la mano de dos de sus representantes más conocidos: Reynaldo Hahn (14-HAHN : L'Heure exquise) y Francis Poulenc (17-POULENC: Métamorphoses -C'est ainsi que tu es).
Uno de los aspectos decisivos para la completa apreciación de una canción es el texto. Muchas de estas canciones ya han aparecido en el blog y si pincháis sobre cada título encontraréis, entre otras cosas, el texto y su correspondiente traducción.
No menor número de diferencias encontramos en el tratamiento que cada uno de los compositores hace del piano, el tercer gran protagonista del Lied, junto a la voz y a la letra. Aquí los extremos se magnifican desde la contención casi religiosa (4-GRIEG: 12 Melodies After Poems By Vinje, Op. 33 - 2. Våren (Primavera)) del himno a la primavera de Grieg, en el que el acompañamiento se ve reducido a una serie de simples acordes, hasta, una vez más, el desmelene virtuosístico de carácter casi concertístico de Chaikovski (20-CHAIKOVSKI: Den li Tzarit, Op. 47/6) sin olvidar el encantador y bachiano piano de Reynaldo Hahn (2-HAHN: A Chloris). A destacar los maravillosos acompañamientos de aquellos compositores que más vinculación han tenido con el piano: Schumann (22-SCHUMANN: Ihre Stimme Op 96/3), por elegir una; Brahms (11-BRAHMS: Meine Lieder, Op. 106 Nr. 4: "Wenn Mein Herz Beginnt"); o Rajmaninov (15-RAJMANINOV: Zdes' Khorosho, Op.21 No.7).



Puede que alguno quiera reprocharme que en las canciones se abuse de ese marcado carácter melancólico y que el resultado, en su conjunto, aparezca demasiado homogéneo y falto de contraste. No seré yo el que lo niegue aunque, como defensa, vuelvo a repetir que ha sido el otoño el que me ha puesto en este estado y que, tan solo a él, habría que pedir explicaciones por todo esto. Pero que nadie se preocupe que en breve una nueva entrada hará aparición en este blog donde se podrá descargar el antídoto: BOCCALIEDER, DISCO NEGRO. Pero eso será dentro de unas semanas. Ahora dejemos que todo nuestro ser se abandone a la nostalgia, a la melancolía, al otoño.

lunes, 6 de septiembre de 2010

(117) SCHUBERT: ABENDSTERN D. 806. Anthony Rolfe Johnson

Anthony Rolfe Johnson
(5 Noviembre 1940 – 21 Julio 2010)



EL LUCERO DE LA TARDE
 
Was weilst du einsam an dem Himmel,
¿Qué haces tan solitaria en el cielo,
O schöner Stern? und bist so mild;
Siendo tan dulce, Oh, hermosa estrella?;
Warum entfernt das funkelnde Gewimmel
¿Por qué el centelleante hormigueo
Der Brüder sich von deinem Bild?
De tus hermanas se aparta de ti?
"Ich bin der Liebe treuer Stern,
“Yo soy del Amor la estrella fiel, 
Sie halten sich von Liebe fern."
Pero del Amor nada quieren saber.”


So solltest du zu ihnen gehen,
Entonces deberías ir con ellas, 
Bist du der Liebe, zaud're nicht!
¡Tú eres el Amor, no tardes!
Wer möchte denn dir widerstehen?
¿Quién se podría resistir 
Du süßes eigensinnig Licht.
A ti, dulce y  obstinada luz?
"Ich säe, schaue keinen Keim,
“Nada brota de lo que siembro, 
Und bleibe trauernd still daheim."
Y sola, en callado dolor, quedo.” 




Quizá no fuera uno de los tenores más conocidos del panorama actual. Tampoco su repertorio, integrado en su mayor parte por obras del periodo barroco, algo de Mozart y de lied y, por supuesto, Britten, facilitaba mucho su proyección mediática e internacional. Evidentemente, que yo conozca, tampoco ninguna recopilación con las obras archiconocidas del repertorio italiano, presidida por una espectacular portada donde su imagen reluciera bajo la supervisión de los mejores asesores estéticos, era posible encontrar en las grandes superficies precedida de la promoción habitual en estos casos. Nada de eso. Anthony Rolfe Johnson tan sólo era, nada más y nada menos, un buen cantante. Un músico como tan sólo los británicos saben vivir la música: con pasión pero sin levantar mucho ruido. Música que se canta al oído y en voz baja.
Junto a su voz descubrí algunas de las obras menos conocidas por mí entonces y que ahora siempre quedarán unidas a su recuerdo: el Orfeo de Monteverdi, el Idomeneo de Mozart, el oratorio Solomon de Haendel. Pero de entre todas sus grabaciones siempre guardaré un cariño especial por la recopilación de canciones de Schubert llevadas al disco por el sello Hyperion (volumen 6) en 1990 dentro del titánico proyecto del pianista Graham Johnson.
De este maravilloso registro os traigo hoy uno de mis lieder preferidos de Schubert (en gran medida por la versión que de él hace Rolfe Johnson) y que, con texto de Johan Mayhofer, fue compuesto en marzo de 1824: Abendstern, D. 806.


Sirva esta preciosa y sencilla canción como modesto homenaje al gran músico que nos acaba de abandonar.

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sábado, 30 de enero de 2010

(109) ROBERT SCHUMANN: IN DER FREMDE. LEJOS DEL HOGAR.

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Caspar David Friedrich: "Río entre montañas" (1830)


LEJOS DEL HOGAR



Aus der Heimat hinter den Blitzen rot
De mi tierra natal entre rojizos relámpagos
Da kommen die Wolken her,
Hasta mí llegan las nubes,
Aber Vater und Mutter sind lange tot,
Pero papá y mamá hace tiempo que murieron,
Es kennt mich dort Keiner mehr.
Y nadie me conoce aquí.


Wie bald, Ach, wie bald kommt die stille Zeit,
Pronto, ay, muy pronto llegarán esos apacibles días
Da ruhe ich auch, und über mir
Cuando también pueda descansar, cuando junto a mí
Rauscht die schöne Waldeinsamkeit,
Sienta el susurro de la hermosa soledad del bosque,
Und keiner kennt mich mehr hier.
Y ya nadie sabrá más de mí.




En la primavera de 1840 las disputas entre Robert Schumann y aquel que con posterioridad, y muy a su pesar, terminaría siendo su suegro, Friedrich Wieck, habían llegado hasta los tribunales, no siendo hasta septiembre del mismo año cuando, tras la sentencia favorable, el ansiado matrimonio entre Robert y Clara podría, por fin, llevarse a cabo.
Entre tanto la creatividad del compositor no sólo no se verá afectada por este desagradable contratiempo sino que se mostrará más fecunda y productiva que nunca. A lo largo de todo este año más de 150 canciones saldrán de su pluma, muchas de ellas formando parte de algunos de sus ciclos más famosos: el Liederkreis Op. 24 (con textos de Heine), “Myrthen” Op. 25, “Amor y vida de mujer”, Op.42, “Dichterliebe”, Op. 48, etc.
Una de las composiciones más logradas durante todo este “annus mirabilis”, como será conocido con posterioridad, es, sin duda alguna, el ciclo de canciones que, empleando una selección de poemas de Joseph von Eichendorff, verá la luz durante los meses de abril y mayo, y que serán publicados posteriormente como Liederkreis Op. 39.


Joseph von Eichendorff (1788-1857)


De entre todas las joyas que forman este ciclo he seleccionado la que sigue siendo una de mis canciones preferidas de toda la producción schumanniana: “In der fremde”.
Escrita en la desolada tonalidad de fa# menor la triste linea de canto sirve de modo ejemplar a los desesperanzados versos de Eichendorff. En apenas dos minutos todas las esencias del romanticismo alemán, la añoranza de la tierra perdida, la ausencia del ser amado, el amor por la naturaleza y la visión de la muerte como fuente de paz se dan cita en este asombroso ejemplo de concreción artística.
No nos sorprende, por lo tanto, que tras finalizar la composición del ciclo, el 22 de mayo de este mismo año, Schumann confesara por carta a su amada Clara que “hay mucho de ti en ellas” y que el compositor siempre considerara esta música como la más romántica que hasta entonces había compuesto.

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viernes, 24 de abril de 2009

(91) IM WUNDERSCHÖNEN MONAT MAI

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Heinrich Heine en 1827



Im wunderschönen Monat Mai,
En el maravilloso mes de mayo,
Als alle Knospen sprangen,
Cuando todo brote florece,
Da ist in meinem Herzen
También mi corazón
Die Liebe aufgegangen.
De amor reverdece.

Im wunderschönen Monat Mai,
En el maravilloso mes de mayo,
Als alle Vögel sangen,
Como los pájaros cantan,
Da hab' ich ihr gestanden
Así yo le confesé
Mein Sehnen und Verlangen.
Mis deseos y mis ansias.



Robert Schumann en 1839.
Litografía de Joseph Kriehuber



Pues resulta que yo estaba deseando que llegará mayo para poder hablar de esta maravillosa miniatura de Schumann, con la que se inicia su ciclo "Dichterliebe", Op. 48, e incluirla en mi selección de canciones, cuando -¡mira tú por dónde!- a los de la ROSS no se les ocurre otra cosa que contar conmigo para el "Tristán" que se va a representar en el Maestranza a finales de mayo y con el que se cierra la temporada operística.
De una de las canciones más sencillas e íntimas de todo el repertorio liederístico a la más apasionada, vehemente y transgresora de las óperas, si es que el drama de don Ricardo puede ser considerado como tal, compuestas en el siglo XIX: la contención del piano de Schumann frente a la exuberante orquesta wagneriana.
Y es que resulta bastante interesante comparar como dos compositores tan próximos en el tiempo y en el espacio son capaces de reflejar, a través de géneros, formas y medios tan diferentes, la pasión amorosa.
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Tres versiones del lied de Schumann

- De entre toda la multitud de grabaciones existentes, quizá el ciclo más interpretado de todos los compuestos por Schumann, me quedo con esta aterciopelada creación de un sensacional Matthias Goerne con Ashkenazy al piano.
- En segundo lugar, una curiosidad: la versión original de esta canción, tal y como aparece en el primer manuscrito ,interpretada por Thomas Hampson y Wolfgang Sawallisch.

- Para terminar, de la voz de barítono a la del tenor Ian Bostridge con Julius Drake al piano.


Pero, las bromas del destino no terminan aquí: hoy he recibido una invitación de la mismísima Filarmónica de Berlín en mi página del YouTube, no para tocar, claro está, sino para suscribirme a la que recientemente ha creado la orquesta alemana. Cuál no habrá sido mi sorpresa cuando al pinchar el enlace comenzó a sonar lo que sigue:
(un consejo: ampliad la imagen y seleccionad la opcion de alta definición-HD)

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Mein Gott! No sé si voy a poder soportar semejante subidón.
En verdad que éste promete ser todo un "Wunderschönen Monat Mai".

Por cierto, no os perdáis toda la página, merece la pena. Como, por ejemplo, este otro fragmento. En esta ocasión, después de Schumann y Wagner, nada mejor que un poco de Brahms ¿Se puede pedir más?:
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¿La mejor orquesta del mundo? Por un poco más de 9€ lo podéis comprobar a través de las retransmisiones vía internet que desde hace poco la propia orquesta facilita desde su flamante página web:

DIGITAL CONCERT HALL

¡Cómo son estos alemanes!

sábado, 3 de enero de 2009

(70) STRAUSS: LOS TRES REYES MAGOS

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Richard Strauss (1864-1949)




Die heil'gen drei Kön'ge aus Morgenland,
Los tres Reyes Magos del Oriente
Sie frugen in jedem Städtchen:
Van preguntando por todas las casas:
"Wo geht der Weg nach Bethlehem,
“¿Por dónde queda el camino de Belén,
ihr lieben Buben und Mädchen?"
queridos jóvenes y muchachas?


Die Jungen und Alten, sie wußten’s nicht,
Ni los niños ni los viejos saben decirlo,
Die Könige zogen weiter;
Y los Reyes continuan su camino;
Sie folgten einem goldenen Stern,
Siguiendo una dorada estrella,
Der leuchtete lieblich und heiter.
De jovial y precioso brillo.


Der Stern blieb stehn über Josephs Haus,
El astro sobre la casa de José se posa.
Da sind sie hineingegangen;
Y hacia su interior el paso adelantan;
Das Öchslein brüllte, das Kindlein schrie,
Un pequeño buey muge, el niño llora,
Die heiligen drei Könige sangen.
Y ya los tres Reyes Magos cantan.

(Traducción: Boccanegra)


Jacques Daret (1435)

Compuesta en octubre de 1906 y entre las dos óperas decididamente más expresionistas de su autor (Salomé-1905 y Elektra-1908) esta canción marca el final de la primera etapa como liederista de Richard Strauss. Publicada como la última de sus seis canciones para voz y piano Op. 56, podemos observar, sin embargo, con toda claridad y sin miedo a equivocarse, el evidente origen orquestal con el que su autor concibe toda la pieza y que nos recuerda, con cuarenta años de diferencia, el origen de sus famosos cuatro últimos lieder. Con posterioridad, y a pesar de este carácter sinfónico, el lied aperecería incluído, como ya dijimos, junto a sus cinco hermanos en su reducción pianística.

Heinrich Heine (1797-1856) retrato de Amalia Keller (1842)
Museo Pushkin, Moscú



El encantador e ingenuo poema de Heine es descrito por Strauss con la misma sencillez y ternura que encontramos en el texto de su compatriota y en un estilo radicalmente diferente al más desgarrado que discurre por los pentagramas de su ópera Salomé.
Aquí toda la partitura está bañada por la radiante luminosidad que se desprende de la tonalidad principal, Do Mayor. Ni siquiera el breve preludio orquestal, en un más misterioso que sombrío do menor, es capaz de enturbiar toda la magia que emana de la música. Del mismo modo, incluso las más agresivas disonancias con las que la magnífica orquesta de Strauss nos describe los mugidos del buey y el llanto del niño no hacen sino aumentar el encanto de la canción. Para el final Strauss nos regala un hermosísimo y extenso postludio de exuberante orquestación y que nos trae a la memoria ese otro encanto de música que es el “Hänsel und Gretel” de Engelbert Humperdinck y que el propio Strauss -¡qué bien conocía esta música!- había dirigido en su estreno el día 23 de diciembre de 1893 en Weimar.


Aquí os dejo las dos versiones de la canción.













En la pianística, la voz de Christine Brewer y el piano de Roger Vignoles, y en la orquestal, la soprano Anna Tomowa-Sintow magistralmente dirigida por Karajan.

DIE HEILIGEN DREI KÖNIGE AUS MORGENLAND OP. 56/6

Strauss dedicó esta hermosa canción a su madre y Boccanegra, en vísperas de este día de Reyes que tantos recuerdos de la infancia nos trae, desearía compartirla con todos vosotros.

Feliz día.



domingo, 16 de noviembre de 2008

(60) HUGO WOLF: PEQUEÑAS COSAS (AUCH KLEINE DINGE)

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UNA CANCIÓN

Auch kleine Dinge können uns entzücken,
Incluso las pequeñas cosas nos pueden cautivar,
Auch kleine Dinge können teuer sein.
Incluso las pequeñas cosas pueden sernos queridas.
Bedenkt, wie gern wir uns mit Perlen schmücken;
Pensad en las perlas que con tanto placer nos adornan;
Sie werden schwer bezahlt und sind nur klein.
Alto fue su precio y son, sin embargo, tan pequeñas.


Bedenkt, wie klein ist die Olivenfrucht,
Pensad en lo pequeño que es el fruto del olivo,
Und wird um ihre Güte doch gesucht.
Y cómo es codiciado por su virtud.
Denkt an die Rose nur, wie klein sie ist,
Pensad tan sólo en la rosa, qué pequeña es,
Und duftet doch so lieblich, wie ihr wißt.
Pero, como bien sabéis, qué amable es su perfume.


UN CUENTO

Ya era tarde y el tumultuoso escándalo de niños y papás que hacía tan sólo unos minutos reinaba por todos los rincones del conservatorio había dejado paso al más absoluto de los silencios. Apagué las luces de la clase y me apresuré en busca de mi bicicleta con la mente fija en tres asuntos: en el agujero que a esas horas, más de las nueve, tenía en el estómago, en qué podría cenar para rellenarlo, algo rapidito y contundente, y en la media hora de bici que aún me quedaba por delante hasta llegar a casa.
Salí al pasillo buscando la escalera cuando nada más poner el pie sobre el primer escalón comencé a escuchar un ruidito que aunque familiar no por ello me resultaba menos intrigante. Lo que a duras penas se podía percibir no era otra cosa que el tímido pizzicato de un violín,“qué extraño, si ya hace rato que terminaron las clases”, pensé. El sonido procedía de no muy lejos y era tan pequeño que comencé a bajar las escaleras casi de puntillas. La música, si esos inconexos cling-cling podían llamarse así, de inmediato se me hizo reconocible: “la, la, mi, mi, fa, fa…miiii”. No había duda, cuando ya creía que no las volvería a escuchar más hasta el próximo día, las incombustibles “Campanitas del lugar” del maestro Suzuki volvían de nuevo a mis oídos. ¿Pero, quién estaba tocando? Intentando no ser visto me fui aproximando paso a paso hasta alcanzar el último tramo de la escalera. Una vez situado sobre el último peldaño comencé a asomar lentamente la cabeza esperando descubrir al responsable de tan peculiar ejecución.

Y allí estaba ella, sentada en un banco, con su menudo chandal del colegio, sujetando el violín sobre sus piernecitas cruzadas, como si de una guitarra se tratara, e intentando descifrar la canción que no hacía ni una hora le había enseñado. Las primeras notas eran ejecutadas con cierta fluidez pero cuando la melodía necesitaba cambiar de cuerda sus tres deditos no acertaban a colocarse en el lugar adecuado obligando a la pequeña a reiniciar el proceso una y otra vez. La entrada estaba totalmente desierta. Ni siquiera Manoli, la conserje, estaba en su garita. No sé cuanto tiempo permanecí así. El tiempo parecía haberse detenido. ¿Puede haber algo más hermoso que la inocente curiosidad de un niño?
Un poco avergonzado por mi clandestinidad comencé a caminar hasta situarme justo a su lado.
-“¿Pero, qué haces aquí, tan sola, y a estas horas?
Al verse sorprendida alzó sus dos preciosos ojos negros y con una luminosa sonrisa, a medio camino entre la vergüenza y la picardía, me respondió:
-“esperando a que me recoja mi madre”.

Como las palabras a duras penas podían salir de mi boca también yo opté por responder con una sonrisa.
Ya con mi bici en la calle me volví una última vez para contemplar a través de los cristales como la pequeña continuaba con sus ensayos: “Cling-cling”, sonaban las cuerdas. En ese momento lamenté que aún quedara toda una semana para poder enseñarle el resto de la canción, aunque para entonces una extraña emoción recorría todo mi cuerpo. Ya no tenía hambre, ni pensaba en la cena y mi bicicleta parecía que tenía alas.



Cuando Hugo Wolf coloca este lied al inicio de su colección de canciones italianas (Italienisches Liederbuch) parece proponernos toda una declaración de principios: el poder y la supremacía de lo pequeño, de lo cotidiano sobre lo grandioso y lo pretencioso. El valor y la enorme capacidad expresiva de una humilde canción.
La canción, como todas las de esta colección, se encuentran en la recopilación "Canti popolari toscani, corsi, illirici e greci" seleccionados e ilustrados por el escritor Niccolò Tommaseo y publicados en Venezia en el año 1841. En la versión anónima recogida por Tommaseo el texto dice así:

Le cose piccoline son pur belle!
Le cose piccoline son pur care!
Ponete mente come son le perle:
Son piccoline, e si fanno pagare.

Ponete mente come l'è l'uliva:
L'è piccolina, e di buon frutto mena.
Ponete mente come l'è la rosa:
L'è piccolina, e l'è tanto odorosa.


Monumento a Niccolò Tommaseo (1802-1874), Campo San Stefano, Venecia.


Y UN CUADRO

También el pintor francés Edouart Manet sintió al final de su vida el placer y la satisfacción que suponían la plasmación sobre el lienzo de algo tan modesto y sencillo como un manojo de flores. Merece la pena detenerse un instante, ampliar la imagen y contemplar la maravilla de este diminuto lienzo, su riqueza cromática y la sabiduría alcanzada por Manet en sus últimos años de vida.

Edouart Manet (1832-1883). Flores en un jarrón de cristal (1882).
(National Gallery of Art, Washington)

Todo está ahí, al alcance de nuestra mano, tan sólo hay que tener los ojos y el corazón bien abiertos para poder verlo. ¿Quizá los de un niño?
Tommaseo, gran aficionado a las grandes sentencias, proclamó solemnemente una vez:
"el hombre a quien el dolor no educó siempre será un niño".
A lo que BOCCANEGRA responde:
“no hay mayor dolor para el hombre que la pérdida de su niñez”

martes, 28 de octubre de 2008

(56) STRAUSS: ALLERSEELEN. Día de Difuntos

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DÍA DE DIFUNTOS


Stell auf den Tisch die duftenden Reseden,
Deja sobre la mesa las perfumadas resedas,
Die letzten roten Astern trag herbei,
Los últimos asteres rojos tráelos aquí,
Und laß uns wieder von der Liebe reden,
Y hablemos de nuevo del amor,
Wie einst im Mai.
Como aquella vez, en mayo.



Gib mir die Hand, daß ich sie heimlich drücke
Dame la mano, que en secreto la estreche
Und wenn man's sieht, mir ist es einerlei,
Y si alguien nos ve, ¡qué puede importame!
Gib mir nur einen deiner süßen Blicke,
Dame tan sólo una de tus dulces miradas,
Wie einst im Mai.
Como aquella vez, en mayo.


Es blüht und duftet heut auf jedem Grabe,
De flores y aromas estan llenas hoy las tumbas,
Ein Tag im Jahr ist ja den Toten frei,
Un día al año los muertos son libres,
Komm an mein Herz, daß ich dich wieder habe,
Ven junto a mi corazón, que yo te vuelva a tener,
Wie einst im Mai.
Como aquella vez, en mayo.



Richard Strauss compuso esta emotiva canción en 1885 con tan sólo veintiún años de edad, como última de las ocho canciones que integran su opus 10 y, al igual que el resto de sus hermanas, compuesta sobre un poema del escritor austríaco Hermann von Gilm zu Rosenegg (1812-1864) perteneciente al ciclo “Letzte Blätter” (“Últimas Hojas”).
En 1885 nos encontramos a Strauss como asistente del director Hans von Büllow que por aquellos años ocupaba el puesto de Hofkapellmeister en Meininguen (Turingia). Durante estos años de trabajo en diferentes teatros de ópera, que marcarían su posterior afición por el género, entablará relación con diversos cantatantes entre los que podemos destacar al famoso Heinrich Vogl (1845-1900), de poderosa y resistente voz, que pronto se haría legendaria interpretando los más importantes papeles wagnerianos escritos para tenor y a quién el compositor dedicaría esta canción.

Hermann von Gilm zu Rosenegg (1812-1864)

Sus labores al frente de la orquesta ducal de Meininguen le reportarían a nuestro músico una nueva amistad de trascendente importancia para su posterior desarrollo musical. Nos referimos a Alexander Ritter (1833-1896), violinista concertino de la orquesta ducal, casado desde 1854 con una sobrina de Wagner, y apasionado defensor de las óperas del compositor de "Tristán" así como de la música de Berlioz y de Liszt. La relación entre ambos músicos sería decisiva en el cambio de rumbo que la música del compositor experimentaría a partir de este año con la composición de su primer poema sinfónico, "Macbeth (1888), y de su primera ópera, "Guntram" (1894), obras que muestran evidentes influencias tanto de la música de Liszt como del "Parsifal" wagneriano.

Richard Strauss (1864-1949) en 1889

"Allerseelen" pertenece, por tanto, a la etapa previa a la eclosión Wagner-Liszt en su obra y que enlaza directamente con la tradición representada por Mendelsohnn, Schumann y Brahms, más acorde con el carácter íntimo del género liderístico. Sin embargo, la canción del joven compositor, a pesar del apacible Mi bemol que baña toda la pieza, presenta, como no podía ser menos en una obra escrita en pleno postromanticismo, atrevidas modulaciones y un más evolucionado acompañamiento pianístico.


La canción escrita sobre tres estrofas con una idéntica conclusión, "Wie einst im Mai", se inicia con una evocadora melodía en Mi bemol, la misma que al inicio de la tercera estrofa repetirá la soprano cerrando el nostálgico círculo que nos propone el poema ya que las flores que inocentemente aparecen al principio de la canción, resedas y asteres, no son más que variedades de lo que conocemos como crisantemos. De esta forma lo que al inicio es una mera insinuación adquiere tan sólo en la última estrofa su terrible y verdadero significado.
Esta primera estrofa concluye con un melancólico giro a La bemol, en la primera aparición de "Wie einst im Mai", y que da paso a la segunda estrofa que se inicia en un más oscuro do menor para pasar en una ensoñadora modulación a un bellísimo si menor, quizá el momento más hermoso de toda la canción, sobre las palabras "deiner süßen Blicke" y donde Strauss nos deja ver el gran nivel como compositor de lieder que a tan temprana edad había alcanzado.
Como ya hemos mencionado la tercera estrofa se inicia con la misma introducción pianística del principio pero en esta ocasión doblando a la voz y, de nuevo, regresando a la tonalidad principal de Mi bemol. De la ensoñación evocadora de la primavera, de las flores y de las miradas furtivas volvemos a la triste realidad, aunque bien es cierto que de forma más nostálgica que dramática, donde el cálido mayo cede el paso a un otoñal noviembre, a los crisantemos, a las lápidas y a la terrible ausencia del ser amado.
Tras el climax alcanzado con las palabras "Komm an mein Herz, daß ich dich wieder habe" la canción se cierra con una apacible y nostálgica conclusión de cierto sabor schumanniano.


Tengo que reconocer que este lied ha sido siempre el más querido de entre todos los de Strauss. Al ser, por otra parte, uno de los más populares no es de extrañar el gran número de versiones existentes. Para ilustrar la entrada he escogido cinco versiones. La primera de todas ellas, sin duda alguna mi favorita, cuenta con la cristalina voz de Barbara Bonney y Malcolm Martineau al piano.
La segunda fue grabada en 1991 por Kiri Te Kanawa y con el acompañamiento pianístico de Georg Solti. Si bien la voz de la cantante neozelandesa es pequeña, es curioso comparar esta versión con otras voces de mayor peso, su gran musicalidad unida a la rareza que supone escuchar al maestro Solti tocando el piano la hacen más que recomendable.
En la tercera podéis escuchar a Christa Ludwig acompañada por Gerald Moore.
La cuarta, perteneciente a la integral del sello Hyperion dedicada a los lieder de Strauss, la voz de Christine Brewer, quizá demasiado grande para la intimidad que requiere el lied, está acompañada por el piano de Roger Vignoles.
Y para terminar la única versión masculina, y una de mis preferidas, en la voz de Thomas Quasthoff y Justus Zeyen.


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