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martes, 14 de septiembre de 2010

(118) CHAIKOVSKI: EVGENI ONEGIN. Madrid, Teatro Real.


Si algo puede definir el espíritu que impregna toda esta genial composición chaikovskiana es, sin ningún género de dudas, el carácter intimista que preside la gran mayoría de las escenas que la integran. Aunque si bien es verdad que los dos fragmentos que más han colaborado a la difusión de la ópera, el vals y la polonesa, contradicen este carácter, no es menos cierto que en el resto de la partitura las escenas de gran conjunto o, simplemente, aquellas en las que pudieran aparecer más de dos personajes compartiendo el escenario son realmente escasas. La mayor parte se resuelven en espacios donde la soledad se hace patente como un personaje más (un dormitorio, un jardín, un paraje nevado); donde sólo se habla de amor y del dolor que éste produce. Respecto a este asunto las intenciones del maestro ruso no pueden ser más claras cuando define a su obra con el sobrenombre de "escenas líricas" en tres actos y siete cuadros. Intimidad y lirismo, por lo tanto, son las cualidades que hacen de esta obra un caso poco común dentro de la producción operística del último tercio del siglo XIX. Aquí no veremos grandes masas corales; nada de sesudos conflictos políticos ni históricos; nada de exóticos parajes remotos. Y es que Onegin es sencillamente eso: una obra sobre el amor, sobre el deseo y sobre la incapacidad de este deseo para ser correspondido.
La clave de toda la obra la podemos encontrar dentro del imponente dúo en el que Tatiana y Onegin, al final de la ópera, asumen con total desolación la imposibilidad de recuperar el pasado:

Akh! Schastye bilo tak vozmozhno. Tak blizko! Tak blizko!
¡Ah! Tuvimos la felicidad a nuestro alcance. ¡Tan cerca! ¡Tan cerca!

Onegin también puede ser vista como una ópera sobre el miedo a amar: el miedo de Tatiana a declarar sus sentimientos y a ser rechazada; el miedo de Evgeni a perder su libertad; el miedo de Lenski a no ser digno de Olga; el miedo -una vez más, aunque en esta ocasión al final de la obra- de Onegin a perder su última posibilidad de redención y envejecer en la más absoluta soledad; y, por último, el miedo de Tatiana a entregarse en los brazos de su antiguo amor y perder su privilegiado estatus social. La magistral orquesta de Chaikovsky, modesta y funcional, también parece querer sumarse en todo momento a este programa sonando casi siempre -ya hemos visto alguna de las excepciones- en un exquisito tono camerístico, más cercano a Mozart que a Wagner, donde las maderas juegan un papel fundamental comentando en todo momento los sentimientos más íntimos de los protagonistas.


Una vez llegados a este punto, si estamos de acuerdo en que estos elementos forman la auténtica esencia de la obra, también estaremos de acuerdo en afirmar que lo presenciado estos días en el Teatro Real demuestra a las claras que el señor Dmitri Tcherniakov, responsable de la dirección escénica de estas representaciones, no se ha enterado de nada. Frente a la intimidad de las escenas líricas Tcherniakov nos regala una constante y tortuosa saturación de añadidos, de comentarios a pie de página que en nada benefician al mejor diseño de los distintos ambientes y dramas personales. Si el lema "menos es más", tan eficaz en la mayor parte de los montajes operísticos, le viene que ni pintado a una obra como Onegin es evidente que el señor Tcherniakov demuestra estar en total desacuerdo con esta máxima. Sería conveniente recordar a nuestro director escénico que tal avalancha de información paralela, gratuita en la mayoría de los casos, ahoga la atención del espectador de tal manera que, imposibilitado éste para centrarse en la verdadera esencia del drama, le obliga a una constante divagación por todo el escenario para terminar reparando en lo más anecdótico e insustancial.
En definitiva: se trivializa el drama y se corrompen las originales intenciones del artista.



De entre todos estos elementos que contribuyen constantemente a la confusión, cuando no al más absoluto feísmo, podríamos destacar esencialmente dos. En primer lugar la utilización de una omnipresente e hipertrofiada mesa que, presente a lo largo de los tres actos, condiciona absolutamente la escena a la par que condena irremediablemente el carácter intimista al que antes hacíamos referencia. (Y ahora es cuando el bueno de Dmitri nos vendrá con el cuento de que si la mesa representa los miedos de los protagonistas que impiden su contacto físico y bla, bla, bla...)
En segundo lugar nos encontramos con una escena del duelo completamente arruinada. Y aquí es donde las preguntas se desbordan: ¿por qué el duelo no puede ser un duelo? ¿por qué se evita la escenificación del paraje nevado? ¿por qué tiene que haber una especie de plañidera haciendo muecas (uno de los momentos más bochornosos que recuerdo) mientras Lenski entona su adiós? ¿era necesario montar semejante mascarada con tantas risas forzadas y tanto gimoteo barato? Y lo que es más grave aún: ¿por qué la muerte de Lensky tiene que ser consecuencia de un accidente? ¿qué aporta este hecho al personaje de Onegin? ¿hay que rebajar la condena a Evgeni culpándole de un acto menos cruel?


Como no podía ser de otra manera la escena más sublime, aquella en la que los protagonistas vuelven a verse cara a cara, auténtica cima del género, vuelve a ser dinamitada por las constantes intervenciones y tergiversaciones en las intenciones del libreto. Aquí el cúmulo de despropósitos parece no tener fin: un Onegin ridículo, torpe, por todos ignorado y que cómicamente intenta suicidarse mientras es rechazado por una dignísima Tatiana que pasa de largo del brazo de su, no menos, digno marido. ¿A dónde fue a parar esa patética sensación de soledad que en la más absoluta intimidad sufren estos imposibles amantes? Kuda, Kuda?
Y ya que estamos entre interrogantes me gustaría preguntar al señor Vela del Campo: ¿dónde esta lo inteligente de todo este asunto? Espero que en sus próximas críticas me desvele si su condescendencia hacia con este espectáculo es más un gesto de buena voluntad hacia el recién llegado señor Mortier que un acto de vasallaje hacia su ilustre persona. El tiempo lo dirá.



Pero ya que mencionamos al flamante director artístico del Teatro Real: ¿qué pensará el señor Mortier de todo esto? Pues, creo que, al igual que ocurriera con nuestro director escénico, el director artístico tampoco parece enterarse de nada. Y como prueba de todo este desatino al que hemos llegado leo en el Babelia de este fin de semana la intención de Gerard Mortier de proponer a nuestro oscarizado gurú del cine, Pedro Almodóvar, para llevar a cabo la dirección -agárrense a sus asientos- del Falstaff verdiano. Como era de esperar Almodóvar ha respondido con prudencia alegando necesitar algún tiempo para meditar el proyecto (suponemos que para ir corriendo a consultar la Wikipedia y ver qué diablos es eso de Falstaff).
Por cierto, algunas malas lenguas me comentan que ya se ha puesto en contacto con Alberto Iglesias para que componga la música del espectáculo. No quiero ni pensar en la cara que pondrá cuando Mortier le aclare que no es necesario, que la música ya está compuesta... por un tal Verdi, creo.

*****

Como me reprochan no incluir nada sobre los aspectos musicales -yo mismo peco de lo que siempre critiqué- aquí os dejo la hecha por Fernando López Vargas-Machuca en su blog y que suscribo, prácticamente, en su totalidad:

miércoles, 17 de septiembre de 2008

(46) PUSHKIN 3

El adiós de Pushkin al mar. Cuadro de Ivan Aivazovsky
e
Ilià Repin (1877)

Cuando un escritor comienza a trabajar en una
nueva obra lo más normal es que gran parte de
las penas y alegrías que protagonicen sus
personajes salgan directamente de su propia
experiencia vital. Luego están los que aunque
describen con todo lujo de detalles atroces relatos
y aventuras trepidantes nunca han vivido más
sobresalto que los derivados de la vida conyugal
pasando la mayor parte de sus días escribiendo
apaciblemente junto a la chimenea. Y por último,
nos encontramos con aquellos que por una
fatídica maldición o, simplemente, por capricho
del destino se vieron obligados a repetir
los errores que ya anteriormente alguno de
sus personajes cometieron en la ficción.
Alexander Sergievich Pushkin fue uno de ellos.

Pushkin por Vasili Tropinin en 1827

Descendiente por vía materna de un príncipe
abisinio, ni más ni menos, el rostro del escritor
aún conservaba algunos rasgos de su antepasado:
los gruesos labios, la piel más morena de lo
habitual y el pelo ensortijado. La juventud de
Pushkin estuvo llena de acontecimientos
relacionados la mayoría de las veces con las
mujeres o con la política pero que, a pesar del
tiempo empleado en bailes, duelos y exilios, le
permitieron encontrar la suficiente tranquilidad
como para crear una cantidad de obras
verdaderamente asombrosa.

La insurrección del 14 de diciembre de 1825 tras la muerte
de Alejandro I llevó a cinco de los implicados a la horca.
Pushkin a pesar de simpatizar con la causa no fue juzgado.
En la imagen dibujos de los "decembristas" realizados por
el escritor ruso.

A finales de 1836 la vida del escritor le sonreía
de la forma más favorable. Casado con una de
las mujeres más hermosas de Rusia, Natalia
Goncharova, su prestigio iba en aumento y tras
la subida al trono del zar Nicolás I comenzó una
rápida ascensión por lo más selecto de la alta
sociedad petersburguesa dejando atrás las penurias,
censuras y persecuciones sufridas durante el
gobierno del anterior zar Alejandro.

La bella Natalia Goncharova

Sin embargo lo que más amaba era precisamente
lo que más torturaba su existencia. Admirada por
todos, incluso por el mismo zar que con tal de que
Natalia pudiera asistir a los bailes de corte concedió
a su marido el más ridículo de los títulos, Pushkin
no tardaría en ser centro de comentarios, envidias
e intrigas de todo tipo. A esto se unía el gasto tan
desorbitado que su nuevo tren de vida acarreaba:
bailes y banquetes, joyas y vestidos, y no sólo para
ella pues sabido era en todo San Petersburgo el gusto
por la moda del poeta así como su gran afición
por el juego.
Y el apuesto George d'Anthès

Por entonces el destino quiso que un guapo oficial
francés que parecía sacado de la mismísima
“Guerra y Paz” apareciera exiliado en San
Petersburgo dispuesto a complicar aún más la
situación. El joven barón George d’Anthès, aunque
de
humilde origen, sin embargo comienza una
fulgurante vida política gracias al barón Heeckeren
que no sólo le acoge bajo su protección sino que
acabaría adoptándolo como único hijo y heredero.
Ya sé que todos estáis imaginando ya el perfecto
triángulo pasional. Pues casi. Lo cierto es que desde
un principio d’Anthès queda prendado de la belleza
de Natalia aunque un primer amago de duelo hace
que desvíe sus galanteos a la hermana de ésta, Katerina.
La vida matrimonial parecía no estar hecha para el
galán francés quién viendo en peligro su prestigio
como seductor no tardó en volver a la conquista de
la bella Natalia. Por entonces un humillado y
endeudado Alexander parecía cada vez más metido
en su papel de Lensky esperando tan sólo a que
Onieguin, esta vez bajo el aspecto de un dandy francés,
hiciera su definitiva aparición. Tan sólo hacía falta
un pequeño y novelesco detalle: una carta.
El anónimo iba dirigido a Pushkin con el más
adecuado de los encabezamientos: “al señor Pushkin,
Diputado Gran Maestro e Historiógrafo de la Orden
de los Cornudos”. Llevado por la rabia y de manera
un tanto absurda, como suele ocurrir en estos casos,
Alexander dirige su cólera contra el barón Heeckeren
en una carta plagada de ofensas y de insultos.
Algunas comentarios insinúan la posibilidad de que la
relación entre d’Anthès y su protector fuera mucho
más allá de la puramente paterno-filial (posiblemente
Pushkin le hiciera al barón alguna insinuación al
respecto), de manera que el anónimo habría sido
enviado por alguien que deseaba dañar más la
reputación de ambos que la del propio Pushkin.
Pero para para nuestro escritor ya era demasiado tarde.
Había caído en la trampa y no pensaba echarse atrás.
Una mañana del 27 de enero de 1837 caía herido cerca
del “arroyo negro” a las afueras de San Petersburgo.
No era el primer duelo que disputaba aunque sí el
último. Dos días más tarde moría.
Mientras nuestro joven escritor perdía la vida con tan
sólo 38 años su cuñado y rival d’Anthès comenzaba
una exitosa carrera pública que le llevaría de regreso
a París donde moriría a la edad de 83 años. Me cuesta
trabajo creer, aunque parece cierto, que otro gran escritor,
Alejandro Dumas, se basara en el nombre del oficial
francés para nombrar al protagonista de su más famosa
novela: “El conde de Montecristo”. ¡Bonito homenaje
para el escritor ruso que más admiró la literatura
francesa! Pero, qué le vamos a hacer, así se escribe
la Historia.

AUDIO

Para escribir el capítulo 2 he incluido algunos
fragmentos del “Onieguin” de Pushkin donde
aparecen los mismos versos que el pobre Lensky
canta en la ópera homónima de Tchaikovsky.
Neil Schicoff y Thomas Allen cantan bajo la batuta
de Levine.

Para el capítulo 3 más ópera de Tchaikovsky con
texto de Pushkin, en este caso dos fragmentos de
“La Dama de picas”. En el primero, uno de los
momentos más intensos de toda la ópera, la patética
súplica de Hermann cantada por Sergei Larín y, en el
segundo, la maravillosa aria de Yeletsky cantada, como
nadie sabe hacerlo, por Dmitry Hvorostovsky. A la
derecha, en la selección del YouTube, se puede ver la
escena completa de Hermann con Plácido Domingo.


domingo, 14 de septiembre de 2008

(45) PUSHKIN 2: "el arroyo negro"

-

...............


“И жить торопится и чувствовать спешит”.
(Кн. Вяземский)
“Y vivir deprisa y sentir con premura”.

(Príncipe Viazemsky)


La niebla era tan espesa que el paraje resultaba
completamente irreconocible. De vez en cuando
un tímido rayo de luna iluminaba como por error
la ramas desnudas de los árboles. De nuevo una
total oscuridad tan sólo acompañada por el sonido
de las botas sobre la nieve. Uno, dos pasos y otra
vez el silencio.
- Nicolai, ¿estás seguro de que es este el lugar?
Me volví buscando a mi acompañante cuya silueta
comenzaba a recortarse sobre el horizonte que
poco a poco iba tiñéndose con un suave tono
anaranjado. Amanecía.
- Señor, ¿veis ese muro de piedra? El “arroyo negro”
pasa justo por detrás. Ahora no es más que hielo
pero en mayo…ya quisiera el Neva ese torrente.
A finales de enero en San Petersburgo apenas

empezaba a despuntar al alba cuando ya el sol
anunciaba su ocaso. Así de breve era su reinado.


Lentamente la niebla comenzaba a disiparse
aunque por el momento tan sólo la intuición podía
reconocer las formas que a nuestro alrededor se
iban formando.
- Y dime, ¿no habremos llegado demasiado
temprano?
- Oh, no Señor. Recordad la campana que oímos
al
bajar del coche.
El viejo Nicolai seguro de que la espera no sería
corta ciñendose el abrigo y calándose bien el gorro
se acurrucó junto al muro. ¡Bendito mujik, cuánto
daría por estar en tu lugar! Fama, fortuna ¡De qué
me servís ahora! ¿Pero, y ella?, ¿me seguiría
queriendo siendo un pobre campesino?
Estábamos en el lugar fijado y era la hora,
pero
¿por qué estaba aquí? Miestras los recuerdos
del
día anterior se agolpaban en mi cabeza un sudor
helado comenzaba a correr por la espalda.

¿Era miedo? Pues claro que temía a la muerte.

Aunque había un miedo mucho más terrible, el miedo
más atroz: el de perderla para siempre. Si ella me
engañaba mejor acabar con todo de una vez. Pero
eso no podía ser cierto, ella me amaba, ¡ella me ama
aún, lo sé…!

El relinchar de caballos y unas voces confusas a lo
lejos
me devolvieron a la realidad. De entre la fina
niebla las tres negras figuras comenzaron a tomar

forma. Uno de ellos se acercó hasta mí.

- ¿Alexander Sergievich?
- Lo tenéis ante vos, Señor.
- Señor, antes de comenzar debo rogaros que
reconsideréis vuestra actitud. Mi apadrinado
aceptará vuestras disculpas dando este asunto
por olvidado.
¡Mi actitud! ¿Disculparme? ¡Ah! Pues claro que
sabía por qué estaba aquí. Ahora, a la leve luz del

amanecer y a pocos metros de distancia su figura

se podía distinguir con toda nitidez: altivo, joven y

hermoso, arrogante incluso sin su reluciente uniforme

él era el motivo de mi decisión, quien me había
arrastrado hasta allí para poder recuperar lo que
más amaba.¡Maldita carta! ¿Por qué tuve que abrirla?
¿Por qué la leí? Y lo más terrible: ¿por qué he dado
crédito a todas las infamias que encierra?
Ya el sudor no era frío, las sienes parecían estallar y la
sangre me hervía en las venas pidiendo no una
satisfacción sino exigiendo una muerte.
- Señor, mi decisión sigue siendo la misma. No
pienso retractarme ni en una coma de lo dicho
sobre monsieur d’Anthès así que, terminemos
cuanto antes con todo este desagradable asunto.
Y ahí estaba yo, espalda contra espalda con mi
enemigo, sintiendo su miedo y su agitada respiración
luchando contra la mía antes del combate, jugándome
a una sola carta mi salvación o mi muerte.
Por un instante recobré la calma mirando la blancura

del bosque, el azul de acero del cielo mientras a mi
memoria volvían aquellos versos que ahora sonaban
con cruel ironía:

“¿Adónde habéis volado,
días
de mi dorada primavera?
¿Qué me reserva el mañana?

Se esconde en hondas tinieblas…”



Entonces la voz del segundo del barón resonó
solemne
por cada rincón del bosque:
- Señores, el acuerdo es a doce pasos. Terminados
éstos podrán volverse frente a frente manteniendo
siempre el arma apuntando hacia el suelo. Tras tres
palmadas el primer disparo corresponderá al
ofendido:
monsieur d’Anthès.
Comenzamos a caminar. Uno, dos…La nieve crujía
compacta a mis pies…cinco…seis…siete…

“Mañana el rayo de la aurora

anunciará un nuevo día;
mas yo tal vez ya está en el seno
del frío lóbrego sepulcro.”


ocho…nueve…

“¿Acudirás, mi bella diosa,
a mi urna a verter el llanto?
¡Oh dulce amiga, amada mía!

Ven, ven a mí, soy tu esposo!...”

diez…once…

No sentí nada, quizá una punzada fría y seca.
Y una bandada de pájaros que revoloteando
asustada
cruzó el cielo. Y el tacto frío sobre mi
cara de
la nieve helada. Y el suave recuerdo de
mi amada…
Natasha…Natasha…

“La bella flor se ha marchitado,
tronchada por la tempestad,
en los albores de la vida.

Murió el fuego en el altar…”

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