
Hay ocasiones en las que al irnos aproximando al final de una novela una extraña sensación, mezcla de ansiedad y de tristeza, comienza a apoderarse de nosotros. Y es que por más que las penalidades o alegrías de los protagonistas de la historia sean, en parte, responsables de estos sentimientos es la certeza de que todos ellos saldrán, nada más pasar la última página, para siempre de nuestras vidas lo que, sin duda, más pesadumbre nos provoca. Sobra decir que no todas las novelas nos causan siempre tal desazón (hay algunas a las que, gustosamente, daríamos carpetazo antes de la página treinta) y que también es cierto, como sucede con los primeros amores, que tal fenómeno resulta mucho más frecuente entre la literatura leída en los años de nuestra más tierna juventud que entre los libros leídos en cualquier otra época de nuestra vida.

Ante tan dolorosa separación las opciones que se le presentan al lector pueden ser varias, aunque bien podríamos destacar dos. La primera, y más tradicional, nos llevaría a la librería más cercana a la búsqueda de una nueva novela pero, por supuesto, escrita por el mismo autor. Para la segunda no hace falta salir de casa, tan solo es necesario terminar nuestra novela, pasar la última página, cerrar el libro y, tras una pausa más o menos larga, volver a abrirlo por la primera página.

Ante tan dolorosa separación las opciones que se le presentan al lector pueden ser varias, aunque bien podríamos destacar dos. La primera, y más tradicional, nos llevaría a la librería más cercana a la búsqueda de una nueva novela pero, por supuesto, escrita por el mismo autor. Para la segunda no hace falta salir de casa, tan solo es necesario terminar nuestra novela, pasar la última página, cerrar el libro y, tras una pausa más o menos larga, volver a abrirlo por la primera página.

Tengo que reconocer que tan sólo en tres ocasiones, y las tres entre los dieciséis y los dieciocho años, me sucedió algo parecido. Los recuerdo muy bien: "Quo Vadis" de Sienkiewicz, "Los miserables" de Victor Hugo y "El idiota" de Dostoievski. Pero, si bien es verdad que estos tres libros dejaron en mí una huella y un recuerdo imborrables, es sin duda la gran novela de Dostoievski la obra que más marcó mis primeros años de juventud.



"-Por lo menos, bueno es saber que cuando la cabeza rueda no sufren mucho.
-Acaba usted de hacer la observación que hace casi todo el mundo y que es cierta. Precisamente la guillotina se ha inventado para evitar sufrimiento. Pero yo pienso siempre: ¿y no será peor así? Quizá a usted se le antoje mi idea ridícula y absurda, pero cuando se tiene un poco de imaginación ¡se le ocurren a uno tantas cosas! Reflexione usted. Si se trata, por ejemplo, de un hombre al cual se somete a la tortura, existe el sufrimiento, las heridas, la agonía corporal que distrae del dolor espiritual, y así, hasta el momento mismo de la muerte, sólo sufre de las heridas. Porque el mayor y peor padecer quizá no es el que infligen las heridas, sino la certeza de que dentro de una hora, de diez minutos, de medio minuto, ahora mismo, el alma se te escapará del cuerpo y dejaras de ser un hombre, y saber que esto ocurrirá fija, irremisiblemente.
En la guillotina, lo terrible se concentra en un solo instante, mientras tienes la cabeza expuesta a la cuchilla y oyes como ésta se desliza hacia tu cuello. No vaya a creer que todo es idea mía solamente, sino que así lo piensa mucha gente. Estoy tan seguro de ello, que voy a exponerle francamente mi opinión.
Cuando se mata a un hombre legalmente, se comete un crimen mucho mayor que el que cometió el mismo reo. El viajero a quien apuñalan unos forajidos en el bosque tiene esperanzas de salvarse hasta el ultimo momento. Se han dado casos de hombres con la garganta seccionada que no perdían la esperanza de huir, o que pedían que se les perdonase la vida. Y esa ultima esperanza que hace diez veces más fácil morir, desaparece a causa de esa sentencia irremisible: saber que debes morir. La mayor agonía estriba entonces en el hecho de que sabes que vas a morir, y ninguna tortura peor que ésa. Durante una batalla puede llevarse al soldado hasta la boca misma de los cañones. No perderá la esperanza hasta el momento mismo en que disparen contra él. Pero léale a ese mismo soldado su sentencia de muerte y romperá a llorar o se volverá loco. ¿Cómo es posible suponer que un hombre sea capaz de soportar una cosa así sin volverse loco? ¿Por qué esa mofa cruel, abyecta, innecesaria? Quizá exista un hombre al que después de haberlo sentenciado a muerte le hayan otorgado el perdón. Sólo ese hombre podría contarnos su agonía. De ese tormento y de ese horror nos habló Cristo. ¡No, al hombre no puede tratársele así!"
-Acaba usted de hacer la observación que hace casi todo el mundo y que es cierta. Precisamente la guillotina se ha inventado para evitar sufrimiento. Pero yo pienso siempre: ¿y no será peor así? Quizá a usted se le antoje mi idea ridícula y absurda, pero cuando se tiene un poco de imaginación ¡se le ocurren a uno tantas cosas! Reflexione usted. Si se trata, por ejemplo, de un hombre al cual se somete a la tortura, existe el sufrimiento, las heridas, la agonía corporal que distrae del dolor espiritual, y así, hasta el momento mismo de la muerte, sólo sufre de las heridas. Porque el mayor y peor padecer quizá no es el que infligen las heridas, sino la certeza de que dentro de una hora, de diez minutos, de medio minuto, ahora mismo, el alma se te escapará del cuerpo y dejaras de ser un hombre, y saber que esto ocurrirá fija, irremisiblemente.
En la guillotina, lo terrible se concentra en un solo instante, mientras tienes la cabeza expuesta a la cuchilla y oyes como ésta se desliza hacia tu cuello. No vaya a creer que todo es idea mía solamente, sino que así lo piensa mucha gente. Estoy tan seguro de ello, que voy a exponerle francamente mi opinión.
Cuando se mata a un hombre legalmente, se comete un crimen mucho mayor que el que cometió el mismo reo. El viajero a quien apuñalan unos forajidos en el bosque tiene esperanzas de salvarse hasta el ultimo momento. Se han dado casos de hombres con la garganta seccionada que no perdían la esperanza de huir, o que pedían que se les perdonase la vida. Y esa ultima esperanza que hace diez veces más fácil morir, desaparece a causa de esa sentencia irremisible: saber que debes morir. La mayor agonía estriba entonces en el hecho de que sabes que vas a morir, y ninguna tortura peor que ésa. Durante una batalla puede llevarse al soldado hasta la boca misma de los cañones. No perderá la esperanza hasta el momento mismo en que disparen contra él. Pero léale a ese mismo soldado su sentencia de muerte y romperá a llorar o se volverá loco. ¿Cómo es posible suponer que un hombre sea capaz de soportar una cosa así sin volverse loco? ¿Por qué esa mofa cruel, abyecta, innecesaria? Quizá exista un hombre al que después de haberlo sentenciado a muerte le hayan otorgado el perdón. Sólo ese hombre podría contarnos su agonía. De ese tormento y de ese horror nos habló Cristo. ¡No, al hombre no puede tratársele así!"


Aunque, con diferencia, la interpretación de Mironov sea lo más logrado de toda la serie, no menos interesante resulta la recreación que del segundo protagonista de la novela, el impetuoso Parfien Rogoschin, hace Vladimir Mashkov. No es extraño, por lo tanto, que entre los mejores momentos figuren aquellos en los cuales ambos personajes acaparan la pantalla y toda nuestra atención.

Menos satisfactoria resulta la elección de Lidia Vielescheva como Nastasia Filippovna. Y es que al ser este personaje el auténtico motor de toda la acción y el causante, directa o indirectamente, de los sentimientos y de los actos derivados de éstos, de los principales protagonistas de la obra su recreación como la "femme fatale" fría, déspota y caprichosa, unas veces, y humillada y resentida, en otras, hubiera necesitado de otra actriz más capaz de transmitir todos los matices y todas las contradicciones que posee el rico personaje ideado por Dostoievski.



Para los más reacios a ver un vídeo subtitulado en inglés tan sólo puedo decir que si Boccanegra, con su penoso nivel en la lengua de Shakespeare, ha podido disfrutar de la serie cualquiera puede intentarlo.
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2 comentarios:
Muchas gracias por la entrada. Yo leí El Idiota hace mucho, con 16 años, ahora tengo 19. Recuerdo la lectura muy agradable, me encantaba adentrarme en esos personajes tan ricos, tan policromos y ahondar en sus pensamientos. Creo que volveré a leer el libro antes de verlo en youtube. Gracias.
Precioso comentario Javi, ya leí esta entrada en su día pero hoy cobra un significado muy especial, ya que como sabes ayer terminé de leer El Idiota. Sólamente darte las gracias porque ya sabes que de no ser por ti nunca lo hubiera leído, ha sido toda una experiencia que todavía dura aunque ya haya acabado el libro, me va a dar para mucho más, más allá de la lectura, ahora viene el asimilarlo todo, la reflexión, y por supuesto el maravillarse una y otra vez de tan preciosa obra de arte. GRACIAS CHOTIS!!!! MUA
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