jueves, 19 de marzo de 2009

(87) TEATRO MAESTRANZA: "LA FANCIULLA DEL WEST"

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Metropolitan, Nueva York: imagen del estreno de "La Fanciulla" en 1910. En el centro, Enrico Caruso como Dick Johnson.


UN MÚSICO NO APTO PARA DIABÉTICOS


Si hay algún compositor de ópera (con permiso del maestro Verdi, por supuesto) del que ninguna temporada de todo teatro de ópera que se precie puede prescindir, ése, sin lugar a dudas, es Puccini. Ningún testimonio mejor para defender tal tesis que aquella famosa afirmación según la cual se puede asegurar que siempre es posible asistir a una representación de la Bohème, en alguna parte del planeta, sea cual sea el día del año en el que nos encontremos.
Sin embargo, y a pesar de la gran aceptación de que este repertorio goza entre el público, la obra de Giacomo Puccini sigue siendo aún más que discutida por cierto sector de la intelectualidad musical. Y es que, como ocurre con demasiada frecuencia en el mundo del arte, la popularidad es más que un anatema para aquellos que conciben el Arte, así, con mayúscula, como algo sólo digno de ser apreciado por una élite y apartado, todo lo posible, del contacto con el ignorante vulgo. Comentarios del tipo: “música para costureras”, el más ofensivo, o el más habitual de “buen músico y orquestador pero…¡le sobra tanto azucar!”, saltan a la primera de cambio en cualquier conversación por todo aquel que desea dejar bien claro que, a pesar de concederle cierto mérito, nunca se dejó seducir por los encantos de la obra del bueno de Don Giacomo.
De esta forma, a veces, tengo la impresión de haber crecido disfrutando de los dramas del músico de Lucca siempre con una cierta sensación de culpabilidad: ¿por qué los mejores placeres tendrán siempre estas connotaciones pecaminosas y tendrán que ser censurados por el inquisidor de turno?

Portada de una de las primeras ediciones de la obra de David Belasco

El teatro Maestranza nos permite en esta ocasión disfrutar de una de las obras más infrecuentes de todo el repertorio pucciniano y que junto con “La rondine” y “Il Trittico” -¿para cuándo la obra maestra de Puccini en el Maestranza?- aún permanecían inéditas en nuestra ciudad: “La Fanciulla del West”.
Obra situada en el ecuador de la producción pucciniana y compuesta durante una de las épocas más turbulentas de su autor, recordemos el escandaloso y trágico asunto del suicidio de Doria Manfredi, “La Fanciulla” representa el inicio de la etapa final y más innovadora del autor italiano. Seis años han pasado ya desde el estreno de “Madama Butterfly” y Puccini, tras arduos años de búsqueda y preparación de un libreto digno de ser llevado a los pentagramas, vuelve a encontrar la inspiración en un drama de David Belasco.
Observemos como resulta fundamental para comprender todo el arte del músico de Lucca el cuidado en la elección del libreto y la desproporción evidente entre el tiempo empleado en la confección del mismo, varios años de búsquedas y descartes, y el tiempo necesitado para la composición musical, apenas unos meses.

David Belasco

Pocas etapas en la historia de la música pueden compararse a la autentica Edad de Oro vivida por Occidente durante la primera década del siglo XX. Durante estos años Puccini viaja por toda Europa y visita, además, Buenos Aires y Nueva York, entra en contacto con la música más actual del momento (primeras óperas de Richard Strauss) y comienza a estudiar la obra de Claude Debussy, en especial su ópera “Pelleas e Melisande”. Esta obra influirá decisivamente en el nuevo estilo compositivo de Puccini, como anteriormente ya lo hiciera la música de Wagner, influencia que quedará plasmada, principalmente, en el uso más rico y refinado de la orquesta como en el empleo más moderno de la armonía.

Imagen de Puccini tomada en 1913, durante los ensayos de la primera representación de "La Fanciulla" en Viena.

Otra muestra más, en esta ocasión bastante más anecdótica, de la influencia del compositor francés en la composición de la “Fanciulla” la encontramos en la cita del famoso “cakewalk de Golliwogg”, con el que Debussy cierra su “Rincón de los niños”, aunque es también probable que Puccini ya se hubiera familiarizado con los ritmos del “cakewalk”, predecesor del más conocido “ragtime”, en su primer viaje a los Estados Unidos.


Y es que el arte de Puccini nunca anteriormente había dado muestras de tanta sabiduría en el manejo de los recursos armónicos y, en particular de la modulación, aplicados con tanto acierto al discurrir del drama teatral.
De esta forma es normal que el compositor prescinda casi por completo de las arias y de los números cerrados (qué distante resulta ahora el final del primer acto de esta ópera con el de La Bohème) casi imposibles de incluir en un continuo tan perfecto. Tan sólo el aria de Johnson, metida casi con calzador al final de la ópera y, al parecer, a petición de Caruso, se muestra como evidente, y chirriante, excepción que nos confirma esta regla.



LA CENICIENTA DE LA PRODUCCIÓN PUCCINIANA

Puede que esta ausencia de arias sea una de las razones por las que “La Fanciulla” ha gozado, en tan contadas ocasiones, del favor de los escenarios (en España hacía veinticinco años que no se representaba). Y es que, por regla general, la identidad de una obra tan extensa, como suele ocurrir con las óperas, y sobre todo en el repertorio italiano, viene dada, en la mayoría de las ocasiones, por tal o cual aria del tenor, o de la soprano de turno, aunque esta popularidad bien puede presentarse como una terrible arma de doble filo.
De esta forma, las grandes maravillas que encierran partituras tan prodigiosas como “Turandot” han quedado completamente eclipsadas por el archipopular “Nessun Dorma” y de títulos tan magníficos como “Gianni Schicchi” pocos son los que conocen algo más allá del tierno “Oh! mio babbino caro”.

La ambientación de la obra en el “Lejano Oeste” tampoco ha actuado en beneficio del prestigio de “La Fanciulla” en los años que siguieron a su estreno. Y es que el incipiente cine de los años veinte y treinta se apoderó de tal manera de todos los tópicos de la obra de Belasco que, al coincidir con el nacimiento del “Western”, dejaron a la ópera más que descolocada dentro del repertorio tradicional.


Cartel de la primera versión cinematográfica de la obra, rodada en 1915 y con dirección de Cecil B. DeMille

Edwin Carewe también rodó su versión en 1923


¿UN FINAL FELIZ?

Otra de las novedades que presenta el argumento de la ópera de Puccini, y que la diferencia de los trágicos desenlaces de casi todas sus obras anteriores, es el relativo “happy end” con el que la obra concluye. Sin embargo, podemos afirmar que nunca Puccini se había mostrado tan oscuro y desesperanzado a la hora de describir a sus protagonistas y al entorno donde sus vidas transcurren como lo hace en “La Fanciulla del West”.
Sin llegar a los extremos de opresión y sordidez con los que nos golpea en “Il Tabarro” la tristeza que sobrevuela toda la partitura supera con creces el posible optimismo que se pueda desprender de su final feliz. Y es que pocas veces hemos sentido tanta compasión en la ópera como la que nos inspira el desdichado sheriff Rance y la soledad a la que se le condena al término de la obra.

Y, ahora, díganme ustedes: ¿dónde está el azucar?
Sin duda alguna, nos encontramos frente al Puccini más amargo.

Para finalizar, y como resumen, nada mejor que las favorables palabras que, tras asirtir a una representación en 1918 en Praga, Anton Webern escribe a su amigo y maestro Arnold Schönberg:
“…me ha parecido una partitura con un sonido realmente original. Magnífica. Sorprende en cada pentagrama; se trata de sonidos verdaderamente originales. Nada de cursilerias.”

La “Fanciulla del West” se representa en Sevilla, en el Teatro de la Maestranza los días 20, 21, 23, 24, 25 y 26 de marzo.
¡Ah! Y el domingo, el lunes como muy tarde, la crítica de Boccanegra.

Mientras tanto, aquí os dejo la crítica de Andrés Moreno Mengíbar aparecida en el Diario de Sevilla:

"Fuego y nieve sobre California"



...y un regalito final:

Descarga de la versión de Zubin Mehta: MEGAUPLOAD
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