domingo, 12 de diciembre de 2010

(125) SEVILLA, TEATRO MAESTRANZA: LA BOHÈME (2º reparto).

*
Confieso que, nada más salir a la venta las entradas para La Bohème, mi primera intención fue la de pasar. Así, a primera vista, la cosa no resultaba demasiado interesante: la Arteta, un montaje del año del catapúm.
Sin embargo, al instante recordé que, si bien no era imprescindible que yo asistiera, sí había alguien a quién no podía olvidar y que, por mi propio bien, más valdría que, en esta ocasión, no se quedara sin entrada; alguien a quién se me olvidó conseguir entradas para la Traviata, tremenda negligencia por la cual aún sigo pagando las consecuencias, y que ante la posibilidad de asistir al ensayo general como compensación ante tan imperdonable error simplemente me espetó:
- "los ensayos generales pal gato".
En fin, que ya habréis podido adivinar que a mi madre tenía que llevarla a La Bohème, sí o sí.

De esta forma, sin mucho entusiasmo por mi parte, la verdad, comencé a escuchar los primeros compases de la ópera. "Parám-pam-paaam", atacó con brío el tutti orquestal, y al instante, como por arte de magia, recordé por qué este título de Puccini no solamente es la ópera popular por excelencia sino, además, por qué es considerada una de las creaciones más geniales jamás compuestas.
Conviven en la maravillosa partitura pucciniana dos mundos bien diferenciados entre sí, opuestos y complementarios al mismo tiempo, a modo de las dos caras de una misma moneda. El primero, heredero de la rica tradición bufa italiana -y, más concretamente, del Falstaff verdiano y que tendrá su último y más genial desarrollo en el magistral Gianni Schichi-, ocupa la primera mitad del primer acto, casi todo el segundo y el inicio del acto cuarto. La otra cara viene formada por los aspectos más dramáticos, y tradicionalmente considerados más auténticamente puccinianos, como son aquellos que guardan relación con su marcado gusto por lo sentimental o su peculiar sentido de la melodía, siempre concebidos con enorme intensidad y lirismo pero, al mismo tiempo, desde la más asombrosa sencillez y facilidad.
Y lo cierto es que, tanto desde el punto de vista musical como puramente teatral, ayer, la moneda de La Bohème brilló más por su lado cómico y coral que por el lado más puramente lírico.

Como ejemplo de todo esto bastaría con centrarse en el primer acto donde toda la primera mitad funcionó a la perfección con una dirección musical realmente precisa, llena de nervio y brío, con una sinfónica sonando especialmente bien y donde el estupendo conjunto de bohemios -magníficos Marco Vinco (Colline), Manel esteve (Schaunard) y Claudio Soura (Marcello)- supo desenvolverse con gran soltura sobre el escenario estupendamente dirigidos por el pizpireto Richard Gerald Jones. Especialmente divertida resultó toda la escena entre los artistas y el casero Benoit, sin duda alguna uno de los momentos más logrados de toda la representación, y donde se demuestra, una vez más, por qué la calidad de Puccini como compositor es algo que va mucho más allá de su faceta como simple creador de hermosas melodías.

Sin embargo, tras la primera parte coral, el final del acto, así como casi todo el tercero, es de dominio exclusivo de la pareja de amantes protagonista: Mimí y Rodolfo. Y aquí es donde el asunto ya no funcionó tan bien. Aunque Carmela Remigio defendió su parte como Mimí más que satisfactoriamente, con momentos de gran musicalidad y belleza, no se puede decir lo mismo del peculiar estilo de canto de su compañero Rodolfo, el tenor Fernando Portari, que demostró un empeño más que irritante por cantar casi siempre fuera del tempo que marcaba la orquesta que, por cierto, tuvo una de sus mejores noches y donde pudimos comprobar toda la riqueza de matices de la sabia orquestación de Puccini. Para algunos sonó, a veces, demasiado fuerte. A mí, sin embargo, me hizo disfrutar enormemente de principio a fin.

De la escenografía dicen que tiene casi cuarenta años y que ha envejecido bastante mal. Bueno, sobre este asunto podríamos estar hablando días enteros aunque a mí, como primera conclusión, se me ocurre pensar que si ha conseguido aguantar el tipo durante tanto tiempo por algo será. Cuántas escenografías conocemos, cargadas de nuevas y profundas intenciones, y que, antes de que finalice la última representación, ya se muestran completamente demodé. En fin, está claro que todos hubiéramos preferido algo más novedoso y fresco pero, ay, me temo que esto es lo que tiene la crisis.
En resumen, un montaje para tiempos difíciles con un reparto que brilló más por lo equilibrado del conjunto que en sus intervenciones solistas; una representación en la que, sobre todos los aspectos, destacó la genial partitura del músico de Lucca y donde, una vez más, sucumbimos a las emociones que creíamos más escondidas y que las inmortales melodías puccinianas -¡condenado italiano!- saben cómo despertar en nuestro endurecido corazón.

Y es que como sentenció mi acompañante una vez bajado el telón y tan acertada, como siempre, en sus comentarios:
-"Puccini es Puccini".

*

Nota: las fotografías aparecen por "cortesía" de Julio Rodríguez y su blog A TRAVÉS DEL CRISTAL

4 comentarios:

Carmen dijo...

Javi,yo estuve el Sábado y me encantó. Y estoy de acuerdo con el "Puccini es Puccini". Tengo que decir que lo que no me gustó nada fue el "aquí no cabe un alfiler"del 2º acto.
Besos

XS dijo...

La verdad es que sí. Se supone que la escena tiene que vibrar con todo el bullicio y el movimiento que la acción exige y que queda perfectamente descrito por la música de Puccini. Sin embargo, lo cierto es que el conjunto daba más la sensación de caos que de otra cosa. Como prueba: lo qué tardé en encontrar a Mimí y a Rodolfo, nada más empezar el acto, entre tanta confusión; algo que me recordó al juego de "¿dónde está Wally?

Diego dijo...

Felicidades nuevamente por la crítica. Yo estuve el martes, también con el reparto de Carmela Remigio. Coincido con la falta de magia del final del primer acto, que es una de mis partes favoritas, y es una pena que quedara tan falta de sentimiento y tan fría. También en parte por el tenor, que no me gustó nada. Me encantó los otros tres bohemios, sobre todo Marcello y Colline (me encantó su aria en el último acto, que fue un descubrimiento para mí). También destacaría a Musetta. ¿No os gustó? Hubo partes realmente mágicas, como el segundo acto. La escenografía será antigua, pero también pienso que es intemporal. Es después de todo una escenografía que se ajusta a la perfección a la ópera. No me había fijado en el desorden del segundo acto, pero es verdad, ahora que recuerdo, también me costó encontrar a Mimí. :-)

En cuanto a la ópera en sí, es una de mis óperas favoritas, muy completa en todo los sentidos. Ahora estoy leyendo un libro sobre Puccini que destaca cómo el compositor estaba preocupado con conseguir una ópera completa y redonda, algo que estaba más en sintonía con el wagnerianismo que con la tradición italiana (y por eso era en parte un incomprendido). Es una ópera redonda. Incluso, el libreto está muy estudiado, tiene unos detalles llenos de poesía (y no sé si seré cursi, pero a mí me encantan y me emocionan). Y Puccini supo ponerle intensidad en unos momentos, y sutilezas en otros. Tu madre no le falta razón, Puccini es Puccini.

Un saludo

XS dijo...

Pues sí, me olvidé de mencionar a la Musetta de Tatiana Lisnic que, como dices, estuvo bastante bien en lo vocal y un pelín excesiva en lo escénico, la verdad.
También me olvide de mencionar al coro -del que creo que cabría destacar, sobre todo en el tercer acto, las intervenciones de las voces femeninas- y de los niños de Los Palacios que, como oportunamente observó la mia mamma, sonaron: "igualito que en el disco".
Sobre el asunto de "lo cursi" en Puccini creo que no merece la pena hablar demasiado. Cuando Rodolfo, al final del primer acto, canta aquello de:
"O soave fanciulla,
o dolce viso di mite..."
y uno se estremece hasta los tuétanos; o cuando, en el maravilloso cuarteto del tercer acto, Mimí entona su:
"Addio dolce svegliare alla mattina"
¿es esto cursi? Pués, la verdad es que poco me importa. De lo que sí estoy más que convencido es de que yo no me fiaría mucho de aquel que diga que no siente algo de emoción en momentos como estos.

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