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Que gran parte de la música escrita para cine nos recuerde a los grandes clásicos del posromanticismo, incluida la obra de Wagner, no implica, necesariamente, que las óperas de don Ricardo posean un mayor carácter cinematográfico que las demás. Y, no es menos cierto, que por mucho que el Oro del Rin esté lleno de aparatosos efectos especiales no deje de tener esta obra, por mucho que el propio Wagner intentara camuflar sus óperas como dramas musicales, más afinidad con el Trovador de Verdi que con el mundo de la cinematografía. Sin embargo, hay que reconocer que el socorrido recurso de utilizar proyecciones, como telón de fondo, a lo largo de toda la representación de este Oro estrenado ayer en el Maestranza funciona bastante bien. Es más, creo que es lo que mejor funciona de todo el espectáculo. Como ejemplo baste citar la bajada al Nibelheim -¡qué difícil lo pone, a veces, Wagner!- donde las poderosas imágenes nos arrastran, junto a ambos dioses, a las profundidades de la Tierra en un viaje realmente trepidante.
Sin embargo, la inventiva y la imaginación, algo de lo que los miembros de La Fura dels Baus andan más que sobrados, demostrada en la concepción visual de la obra se queda bastante corta cuando de asuntos puramente dramáticos se trata; y es que, como ya vimos antes, no se puede olvidar que, por muy original y distinta que el Oro del Rin se nos antoje, el teatro sigue siendo la base de todas sus escenas.
Sin embargo, la inventiva y la imaginación, algo de lo que los miembros de La Fura dels Baus andan más que sobrados, demostrada en la concepción visual de la obra se queda bastante corta cuando de asuntos puramente dramáticos se trata; y es que, como ya vimos antes, no se puede olvidar que, por muy original y distinta que el Oro del Rin se nos antoje, el teatro sigue siendo la base de todas sus escenas.

Ya desde el inicio comprobamos como la puesta en escena frena todo dinamismo e interacción entre los personajes evitando que el movimiento incesante que se desprende de la música llegue hasta el escenario. Se podría decir que La Fura es víctima de su propio exceso creativo atenazando a los actores y enfriando la acción hasta hacerla, en algunos casos, casi inexistente. Y, si tenemos en cuenta que Wagner es muy propicio, a veces con demasiada frecuencia, a congelar toda la acción durante largos episodios narrativos, podremos comprender lo peligroso de este procedimiento escénico. De esta forma escenas como la que protagonizan Alberich y las tres hijas del Rin, o todas aquellas que tienen a los dioses, siempre aprisionados en esas aparatosas grúas, sobre el escenario llegan a resultar de un estatismo verdaderamente excesivo. No es por tanto de extrañar que sea toda la escena tercera, la escena del Nibelheim, la que, con diferencia, mejor funcione de todas.


Mención aparte merece la interpretación del personaje de Erda realizada por la legendaria Hanna Schwarz ya que, y sin miedo a exagerar, puede que sea en esta pequeña escena donde se puedan resumir todas las carencias que encierra este Oro; todas las expectativas que este Oro prometía y que, tan sólo a medias, llega a cumplir. Y es que esta escena, donde se concentra gran parte del simbolismo y el misterio tan presentes en toda la tetralogía, no se puede haber planteado de forma más chapucera. Aunque tampoco, para ser sinceros, la ramplona interpretación de la Schwarz, a pesar de lo imponente de su instrumento, ayude mucho al resultado final.
Por su parte Wolfgang Schmidt, en el papel de Mime, volvió a dar muestras de su peculiar, y farragoso, estilo de canto y trajo a nuestra memoria el misterio de cómo una voz semejante pudo interpretar el papel de Siegfried, durante tantos años, en ese templo del culto wagneriano que es Bayreuth.

Por último, me gustaría agradecer al colectivo de "Tuberculosos en Acción" que se limitaran a sabotear tan sólo el preludio de la obra.
-¿Y qué pasó luego con las toses?
Pues creo que, gran parte de ellos, decidieron echarse una siestecita.
