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¿PERO, DÓNDE ESTÁN LOS RATONES?
Impresionado aún por el comentario que una lectora anónima dejó en la entrada anterior del blog y en el que se lamentaba de que su hijo de siete años haya tenido que abandonar sus estudios de danza por "prejuicios sociales" me resulta doblemente emocionante la gran cantidad de niños presentes, tanto dentro como fuera del escenario, ayer en el Maestranza. Entre todos estos niños también estaba el hijo de Rosa, de tan sólo cinco años y que según cuenta su propia madre en la misma entrada (Rosa, gracias por tu colaboración) no hacía más que preguntar que dónde estaban los ratones.
Exterior de la residencia de Tchaikovsky en Klin, población situada a unos 85 km de Moscú y donde el compositor pasó parte de sus dos últimos años de vida Y es que Youri Vàmos, una vez más, nos ha cambiado el cuento original de “el cascanueces y el rey de los ratones” no sabemos muy bien por qué. Si los directores de escena supieran el doble esfuerzo que para el público supone este tipo de experimentos se lo pensarían un poco más antes de llevarlos a la práctica. El doble esfuerzo que supone, en primer lugar, el olvidarse de lo que la música nos ha estado contando durante décadas, batalla de ratones incluida, y el intentar sustituirlo, segundo esfuerzo, por la nueva historia que ahora se nos cuenta. Historia, a mi modesto entender, que en nada beneficia al ballet y, mucho menos aún, a la música de Tchaikovsky, sobre todo cuando, por muchos esfuerzos gestuales de la compañía, durante la primera media hora de espectáculo a duras penas consigue uno enterarse de qué diablos está pasando.
Ya sé que está prohibido hacer fotos, pero el deber de informar me obliga
De esta forma el personaje que Clara simboliza, auténtica encarnación de la ingenua y genial música de Tchaikovsky, pasa a un segundo plano quedando totalmente eclipsado por el antipático Scrooge de Dickens y fulminando, de un solo golpe, todo el sentido del ballet que tanto esfuerzo y trabajo costó encontrar a su autor. Ballet que, por cierto, es constantemente mutilado, alterado en el orden de sus números y, lo que es peor, ballet que se ve obligado a repetir fragmentos enteros ya escuchados para poder dar coherencia al nuevo argumento.
Y todo esto para terminar, al final del primer acto, convirtiendo al cascanueces en…príncipe(!!), por cierto, quizá el momento más hermoso de toda la noche.
Y es que, en realidad ambos bailarines, Clara y el príncipe, protagonizaron en sus dos "Pas de deux" los mejores y más aplaudidos momentos de la representación. Eso sí, de la forma más discreta y anónima posibles gracias a la "detalladísima" relación de todos los miembros del cuerpo de baile incluida en el prolijo programa de mano.
Amaia llega al teatro
¿BALLET O MUSICAL?
Aunque Boccanegra no es un experto en el mundo de la danza, lo cierto es que lo visto ayer en el maestranza, en gran parte de los números que integran el espectáculo, me hizo recordar más un musical de Broadway que lo uno espera de un ballet, ya sea clásico, neoclásico o contemporáneo. Y Boccanegra pregunta: ¿es este tipo de coreografía la más apropiada para la música del compositor ruso? Así que no es de extrañar que cuando, por fin, hizo acto de presencia el ballet con sus puntas, tules y leotardos, todo el espectáculo chirriara un poco ¿Demasiado pasticcio? Puede ser.
Sin duda alguna el mayor acierto de la noche, en lo que a la escena se refiere, corrió a cargo del equipo de iluminación con unos maravillosos efectos visuales conseguidos en los diferentes cambios de escena.
EL FOSO
Cuando los primeros comentarios que me llegaban de este montaje resaltaban la labor de la ROSS por encima del nivel general no me sorprendió lo más mínimo, no sería la primera vez que la magnífica labor de la sinfónica de Sevilla salvaba un espectáculo del desastre total. Sin embargo, ayer, nada más comenzar los primeros compases de la obertura los peores temores comenzaron a apoderarse de un servidor ¿Era esa orquesta la misma de la que tan orgullosos nos sentimos todos? Afortunadamente al pequeño desbarajuste inicial, debido en cierta medida al cansancio acumulado tras cinco días ininterrumpidos de función, dio paso con el discurrir de la noche a una orquesta más segura y con magníficas intervenciones de muchos de sus componentes. De entre todos ellos a destacar las de la siempre precisa Tatiana Postnikova a la celesta y, sobre todo, de una sensacional Daniela Iolkicheva al arpa.

Despacho de Tchaikovsky en Klin donde compuso parte de su "cascanueces" y de su sexta sinfonía
Interesante, y mucho más coherente que la de Youri Vàmos , me pareció la dirección musical de Martin Fratz, aunque discutibles son, a mi entender, las dimensiones de la plantilla de cuerda escogida por el maestro alemán, bastante reducida (10 violines primeros, un solo arpa en lugar de dos) y que al dejar a la orquesta con un número de miembros más propio de una orquesta de cámara propiciaron que algunos profesores, sobre todo los violines, pasaran los apuros a los que antes hacía referencia. Sin embargo, y creo que estas fueron las intenciones del director, estas mismas proporciones camerísticas fueron las que permitieron que las maderas, maravilloso el tratamiento que Tchaikovsky hace de ellas a lo largo de todo el ballet, sonaran con una claridad casi mozartiana durante toda la representación.
Lo que sí que creo que no es discutible, sino más bien algo cutre, fue el empleo del teclado eléctrico (efecto "chorus") sustituyendo al coro de voces blancas con el que se cierra el primer acto ¿Otro efecto de la crisis? ¿No se podía haber contado con las chicas del coro del teatro?
Al final, el simpático y encantador número, al son de la danza de los mirlitones, protagonizado por los pequeños alumnos del Conservatorio de Danza hicieron las delicias de todos dejando un agradable sabor de boca y el deseo de más ballet en el Maestranza.
Algunas fotos tras la representación:


