jueves, 3 de junio de 2010

(114) "La Traviata". Teatro Maestranza, Sevilla: UNAS IMPRESIONES SOBRE VERDI.

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E vo gridando: pace!
E vo gridando: amor!

No sé si será por deformación profesional o, simplemente, por la gran inclinación que siempre he sentido por la música lo cierto es que mi relación con los distintos compositores siempre ha sido mucho más íntima y cercana que con cualquier otro tipo de artista, ya pertenecieran éstos al mundo de las letras o de la plástica.
Guiado por esta afinidad mis sentimientos hacia los más importantes músicos y, en especial, por aquellos que más de cerca me tocan les han ido colocando a lo largo de estos últimos años en un lugar muy próximo pero, al mismo tiempo, bajo un signo bien diferente; todos han sido compañeros de viaje en estos años pero ahora cada uno ocupa su propio lugar.
Es por esta razón que, después de tantos años, puedo ver en Mozart a aquel amigo de la infancia que me descubrió las primeras emociones de mi vida musical, amigo al que nunca, aunque se pierda el contacto durante muchos años, se puede llegar a olvidar. O, por motivos bien distintos, sentir a Beethoven como a aquel severo profesor respetado por todos pero al que sólo el paso del tiempo y nuestra propia madurez nos ha permitido admirar en toda su magnitud.
Más tarde llegarían las grandes pasiones de juventud; aquellos amores nacidos de los grandes ideales y de nuestra sed de encontrar referentes sólidos y rotundos. Y no es que mi admiración por Wagner se haya visto menguada con el paso del tiempo pero lo que sí que es cierto es que yo ya no soy el jovencito ávido de sensualidad y cromatismo que acostumbraba a devorar las partituras del músico de Bayreuth entre arrebatos y suspiros.
Amigos de parranda conservo más de uno, amigotes francachones como Rossini u Offenbach que tan buenos momentos me han hecho pasar. Y como siempre, costumbre que espero no perder nunca, dando la bienvenida a todos aquellos que llegan por primera vez, ya sean tan exóticos como el indio A. R. Rahman o tan antiguos, pero tan modernos al mismo tiempo, como Machaut.
Pero, de entre todos ellos, y con el paso de los años, una figura ha ido creciendo, poco a poco, hasta llegar a alcanzar la figura imponente y, a un mismo tiempo, paternal tal y cómo hoy la puedo llegar a sentir: Giuseppe Verdi.


En Verdi podemos sentir en sus dos facetas, como persona y como músico, una admiración poco común entre los artistas de cualquier época. Muchos me reprocharán, y no lo discuto, que al confundir la obra de un artista con los vicios o virtudes que haya podido tener en vida se pueda desdibujar su auténtica entidad como creador. Pero, sin duda alguna, en el caso del autor de El Trovador esta dualidad se muestra del todo fundamental para comprender su obra. Músico de humilde origen, tanto en lo social como en lo intelectual, su continua progresión estilística nunca abandonó el contacto con la realidad política de su pueblo así como el contacto con las raíces más populares de la música italiana.


Y es sin duda alguna esta facilidad del músico de Busetto para llegar al corazón del público la que ha levantado, y sigue levantando, las más encendidas polémicas entre aficionados, profesionales e intelectuales de todo tipo sobre la auténtica valía de su obra. No es extraño, por lo tanto, encontrar frente a los incondicionales de toda su producción a aquellos otros que tan solo encuentran dignas de consideración sus tres últimas óperas viendo en Falstaff la gran obra maestra de Verdi. Verdaderos iluminados que no desaprovechan la ocasión para dejar bien claro su aprecio por la última obra del maestro así como el progresivo desprecio por el resto de su opus, más intenso según nos vamos acercando a sus primeras obras.


Personalmente me parecen especialmente ilustrativas las reflexiones que sobre la obra de don Giuseppe, “Poética musical”, reuniera en 1940 un artista tan decisivo para el desarrollo de la música del siglo XX como Igor Stravinski. De entre todas ellas, y en relación a la polémica anteriormente señalada, destaca la afirmación según la cual es del todo erróneo intentar ver influencias wagnerianas en las últimas obras de Verdi –si se rebusca bien siempre es posible que puntualmente encontremos algún ejemplo- así como intentar considerar a estas creaciones como su único legado digno de mención. De esta forma llega a decir en sus lecciones no sin cierta ironía:
“Si Falstaff no es la mejor obra Wagner, tampoco es la mejor ópera de Verdi”.
De la misma opinión se muestra el musicólogo Renè leibowitz al preguntarnos en su artículo “¿Conoce usted a Verdi?” sobre la apreciación que del compositor tenemos los amantes de la música, tanto profesionales como aficionados. En este interesante artículo el músico polaco reflexiona sobre el desconocimiento que, en general, existe sobre las primeras óperas verdianas y sobre la equivocada tendencia de subestimar a sus títulos más tempranos y populares –principalmente los estrenados hasta la aparición de “La traviata”- en beneficio de los ya mencionados anteriormente, Otello y Falstaff.


En el campo contrario no menos interesantes resultan las declaraciones de alguién con tanta cercanía al mundo musical como Alejo Carpentier. El escritor cubano en su interesante colección de artículos musicales de significativo título, “Ese músico que llevo dentro”, no se muestra, por el contrario, nada de acuerdo con los postulados anteriores. Y es que para Carpentier toda la producción de los “años de galeras” deberían quedar tan en el olvido como la obra de otros músicos del barroco y primer romanticismo a cuya resurrección hoy asistimos.


¿Pero, podemos incluir en el mismo saco las producciones de músicos sensiblemente inferiores con las primeras obras del maestro italiano?
Y es que al enfrentarnos a una obra de arte hay algo que va más allá de la pura admiración, de la simple constatación de que aquello que presenciamos responde a la categoría de auténtica obra maestra. De esta forma el verdadero amante de Verdi no diferencia entre etapas buenas, etapas geniales o, refiriéndonos a la prímera época, etapas tediosas. Si la emoción no responde a esta lógica el amor menos aún.
De esta forma el verdadero verdiano ama y siente por igual la vitalidad y la perfección formal del apoteósico final de Falstaff que el, tan solo en apariencia, contradictorio y más liviano final del primero de los actos de su temprano Macbeth en el asistimos al asesinato del rey Duncan a ritmo de vals.


Otra particularidad de la obra de Verdi y en la que, sin miedo a exagerar, se puede considerar como auténtica heredera de la de Mozart es su gran conocimiento del teatro. Por más que sus primeros libretos no alcancen la perfección que años más tarde alcanzarían los redactados por Arrigo Boito el arte de Verdi siempre supo dotar a todas sus obras de un innegable instinto dramático. De esta forma resulta del todo imposible resistirse al impactante efecto teatral que aparece en la transición entre las dos últimas escenas de Un Ballo in Maschera –no en vano considerada por Adorno como la más teatral de todas las óperas- cuando el tenor nos introduce con su arrebatador “si rivederti Amelia” en el fabuloso baile donde él mismo será asesinado. Y cuando al final de esa cima de su producción que es Rigoletto escuchamos tan horrorizados como el propio bufón la voz del Duque de Mantua entonando una vez más “La donna è mobile” ¿no es este sencillo, pero contundente, efecto dramático mucho más poderoso que el de la mayor hoguera que podamos imaginar consumiendo todo un Walhalla? Esta pregunta la hago, evidentemente, mientras pienso, una vez más, en Stravinski y en la famosa boutade sobre esta ópera, de nuevo en su Poética musical, en la que al afirmar que “hay más sustancia y verdadera invención en el aria “La donna è mobile”, en el que la élite no ve más que una deplorable facilidad, que en la retórica y el griterío del Anillo” quiero entender que el músico ruso hace referencia más al poder dramático de este fragmento que a su estricta calidad musical.


Pero, aparte de estas consideraciones, quizá la característica principal que hace que sintamos a Verdi como esa gran figura paternal, y donde encontramos la auténtica fuerza y la esencia de su arte, resida en la capacidad del compositor para plasmar en sus obras un sentimiento sólo reservado a los más grandes creadores: la compasión.
Esta sentimiento aparece de maneras muy diferentes a lo largo de toda su producción. La podemos encontrar en la nostalgia de Elisabetta por su Francia natal, o bien en forma de clarinete acompañando el terrible sacrificio de Violeta, o en los angustiosos “Lará, lará” que Rigoletto tararea intentando disimular su desesperación mientras busca a su hija Gilda.
También sentimos la más profunda compasión por el moro veneciano en las patéticas palabras de Otello al final de la obra sobre el cuerpo ya sin vida de Desdémona, o en la no menos desgarradora “pace, pace” que Amneris invoca al final de Aida. Para que un personaje tan amargo como Felipe II pueda llegar a transmitirnos toda sus contradicciones y sus debilidades una sencilla melodía del cello puede llegar a transformar al poderoso tirano en un simple mortal digno de la mayor compasión.
Pero el amor de Verdi no llega a sus personajes tan sólo de forma individual. Su capacidad para hacernos sentir una compasión por toda la humanidad hace que su nombre bien pueda figurar, sin ningún tipo de complejos, junto a los de Bach y Beethoven. Ejemplos como el famoso coro de Nabucco o el no menos hermoso “Patria opresa” de Macbeth así lo demuestran. Pero de entre todas ellas quizá dos obras, bien diferentes entre si, sean las que elevan a Verdi por encima de todos sus contemporáneos.
En la segunda escena del primer acto de Simón Boccanegra, la famosa escena del Consejo, encontramos uno de los cantos por la paz más hermosos jamás creado por artista alguno:

Piango su voi, sul placido Raggio del vostro clivo
Lloro por vosotros, por el plácido sol de vuestras colinas,
Là dove invan germoglia Il ramo dell'ulivo.
Allí donde en vano florecen las ramas de olivo.
Piango sulla mendace Festa dei vostri fior,
Lloro por la falaz alegría de vuestras flores.
E vo gridando: pace! E vo gridando: amor!
Y voy gritando: ¡paz! Y voy gritando: ¡amor!


Y, como genial contrapunto, Falstaff. Ningún testamento musical comparable a este descarado canto a la vida lleno de complicidad y sarcasmo ante las miserias del hombre. Obra plena, una vez más, de ese abrazo fraternal, como diría Beethoven, por toda la humanidad pero tan lejos de los cantos de cisne más trágicos y llenos de siniestros presagios –recordemos el Requiem de Mozart, el “Viaje de invierno” de Schubert, “la Canción de la tierra” de Mahler o los “cuatro últimos lieder” de Strauss- con los que la tradición más romántica considera que se debe acabar una carrera musical.
Y es que pocas verdades hay tan ciertas como la que pregonan a voz en grito Verdi/Boito en su fuga final: “Tutto nel mondo é burla”. El cínico grito de toda una humanidad como única respuesta posible ante el misterio de la existencia, ante lo grandioso y, al mismo tiempo, ante lo absurdo de la vida. La comprensión y la compasión que sólo de la mano de un padre pueden llegar. Un padre que a través de su música, como nueva y verdadera religión, nos redime a todos del dolor, de la angustia, del abismo.

"La Traviata" se representa en el teatro Maestranza de Sevilla del 11 al 20 de junio.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuando vas a ver la traviata??yo fui el sábado, con mariola cantarero e ismel jordi, y la verdad es que fue increible...espero tu critica!!

XS dijo...

Estuve en el ensayo general del primer reparto y salí encantado del teatro. Mañana voy a ver si "pillo" una entrada en la puerta. Espero tener suerte y poder comprobar el éxito de la Cantarero en directo.
Un saludo...anónimo/a.

Papagena dijo...

Pero... ¡qué hermosa declaración de amor a Verdi! Has vestido la pasión incondicional con un exquisito atuendo de razón y conocimientos, envoltorio que ante el ojo atento no la enfría, sino que la realza en toda su viveza.

Enhorabuena :)

Un bacio ancora...

Manon dijo...

Una de mis favoritas, sin dudarlo.

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